Vivir (Ikiru, 1952) de Akira Kurosawa (Cine-recomendación de viernes)

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 El “Mefistófeles”  en  Ikiru

Por Norma Galarza Flores/La Cueva del Lobo

¿Qué harías  si te quedaran 6 meses de vida? Akira Kurosawa (Shinagawa, 23 de marzo de 1910-Setagaya, 6 de septiembre de 1998), el “”Emperador” del cine japonés, nos plantea en  el drama Vivir (Ikiru, 1952),  esa gran interrogante.

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Vivir, basada en la novela corta  La Muerte de Iván Ilich, del escritor ruso, León Tolstoi,  relata una parte de la vida del señor Watanabe, un burócrata alienado en el trabajo, con 30 años de servicio y mimetizado en el entorno de su oficina,  que replantea el significado de la existencia al enterarse que padece una terrible enfermedad y que le queda poco tiempo de vida.

Realizada en 1952 y ambientada a finales de los años cuarenta, Ikiru,( título original) nos envuelve en el escenario de la época de la posguerra, en plena reconstrucción económica de Japón.

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Dividida en dos secuencias: en la primera nuestro protagonista se encuentra confuso y perdido luego de enterarse que sufre cáncer (la película abre con la imagen de la radiografía del estómago de Watanabe y una voz en off que relata que el burócrata está gravemente enfermo y pronto va a enterarse), y al querer  contarle a su hijo Mitsuo, encuentra una pared de comunicación. En esta parte Kurosawa, muestra a un señor Watanabe decepcionado con la persona que fue el pretexto  de que decidiera enterrarse en vida entre miles documentos  y trámites que, como se crítica en la cinta, la burocracia no está dispuesta a resolver.

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La segunda secuencia parece detener en el tiempo toda la película y por momentos aletarga al espectador, al mostrar una escena que cambia el ritmo  al concentrarse por más de 40 minutos en el velorio de Watanabe, en los diálogos entre familiares y colegas del fallecido que transitan por un cúmulo emocional motivado por el sake. Sin embargo esa última escena enriquecida con varios flashbacks, no es una improvisación del “Emperador” sino parte importante del mensaje que deseaba trasmitir.

Vivir, cuyo monocromatismo, lejos de ser un defecto se convierte en la virtud que nos envuelve en la melancolía de las escenas magistralmente logradas por Takashi Shimura, el actor predilecto del “Emperador”, quien lo incluyó en el reparto de  21 de sus 31 películas, es una cinta muy bien lograda por Akira Kurosawa, y no, no es de Samurais como la mayoría de sus películas.  Shimura, quien merece mención aparte y a  quien su actuación en esta cinta le valió  la nominación al BAFTA como mejor actor extranjero en 1959,   encarna impecablemente en Kenji Watanabe al abnegado padre viudo, trabajador y solitario.

Vivir, la  película ganadora del Oso de Oro del Festival de Berlín en 1954 y que este año celebra su aniversario número 64,  aborda un tema vigente en la sociedad contemporánea de varios puntos geográficos del orbe. Kirosawa plantea en esta cinta,  la tendencia humana de fácil adaptabilidad a una vida monótona que le resta relevancia a la felicidad en aras de responder a exigencias externas consideran correctas como tener estabilidad económica.

El director japonés nos enfrenta en Vivir a nuestra costumbre de encerrarnos en la rutina, de planear para mañana sin darnos cuenta que el tiempo,  es el activo más valioso, porque no se recupera. Vivir, nos reta a emprender un monólogo sobre el sentido de nuestra existencia. Pero no solo eso, Ikiru, también es una alegoría de esperanza que  nos invita a darnos cuenta  que nunca es demasiado tarde, que nunca se es demasiado viejo para hacer desde la humildad de nuestros puestos, algo maravilloso, algo trascendental que nos haga sentir que nuestro viaje terrenal valió la pena.

Pero sobre todo Vivir, es una película que no hace plantearnos que,  a veces es necesario que la vida nos golpeé, para darnos cuenta de lo muertos que hemos estado.