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Citlaly Aguilar Sánchez

El lamentable evento que tuvo lugar el viernes de la semana pasada en Saltillo, puso sobre la mesa, nuevamente un tema que es sensible y de gran importancia: la violencia. En mi tesis doctoral en Estudios del Desarrollo, he dedicado casi tres años al estudio de este fenómeno social, pero desde su repercusión en las mujeres. No obstante, algo que tiene en común mi trabajo con lo sucedido en Saltillo es que, si bien la violencia tiene causas multifactoriales, también es verdad que está íntimamente relacionada con la masculinidad o lo que tomamos por esta concepción.

Sería muy desafortunado asegurar que de todas las raíces de las que emerge la violencia, una es más relevante o fuerte que otra. Hasta donde se sabe, en ella confluyen causas sociales como la desigualdad y la pobreza; pero también institucionales como la familia y el estado; así como psicológicas: emociones, sensaciones, conflictos internos; entre otras.

El machismo, como sistema cultural, y entendiendo que la cultura es un constructo que abarca todas las características ya mencionadas, se desvela como un caldo de cultivo en el que los hombres suelen ser quienes, paradójicamente, menos saben cómo manejarlo. Y no apunto esto a manera de justificación, sino de crítica.

A las mujeres el machismo nos ha dicho que somos unas intensas, que de todo hacemos berrinche y drama, o, resumido en dos palabras, que: “estamos locas”. Pero eso que para el machismo significa locura, no es más que la posibilidad de permitirnos experimentar en todo su esplendor una emoción o una situación en particular. Y eso ha sido algo vetado para los hombres milenariamente.

Desde pequeños se les enseña a aguantar el llanto, a no comportarse como “nenas”, a no ser  “maricas”; porque no dejarse sentir emociones es de varones, lo demás es debilidad, es ser mujer. Y aunque a ciencia cierta nadie sabe lo que significa ser mujer o ser hombre, se sobreentiende que lo primero es terrible, que lo segundo es mejor.

En ese contexto, los chicos crecen encerrados en su propia cárcel, vigilados día y noche para no caer en la tentación de sentir alguna emoción; viven en una prisión que los obliga a ser estoicos y a mantenerse siempre fuertes. Sin embargo, esa represión está llegando a puntos cada vez más peligrosos, puesto que el mundo ha cambiado.

Ya no estamos en el siglo XVIII o XIX, cuando los caballeros tenían la posibilidad de heredar la fortuna de la familia o recibir el dote de la mujer con la que se casarían. Ya los hombres viven inmersos en una sociedad cada vez más asimétrica, con menos posibilidades profesionales y personales de realización,  y ante esta frustración ¿solo deben aguantarse? Si bien un niño de diez o doce años de edad no tiene mucha conciencia respecto de esto, sí la tiene de su infelicidad, y la que contempla en su entorno: están íntimamente unidas. 

El mundo ha cambiado y seguirá cambiando, y por lo que se puede prever, cada vez es más difícil sobrellevar las condiciones que plantea, pero mientras no nos cuestionemos la manera en que se está educando culturalmente tanto a niñas como a niños, pareciera que estos segundos tendrán siempre más desventajas al momento de lidiar con la parte psicológica, y que son bombas de tiempo que estarán estallando a la primera oportunidad que se les presente: uniéndose al crimen organizado, cediendo ante la ira de un mal día, exasperándose en un pleito familiar o llevando al extremo de la violación o la muerte lo que debió ser una relación sexual consensuada y saludable.