Un recuerdo

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A todos nos llega la muerte, lenta o larga, tarde o temprano, terminamos perdiéndonos en el espacio donde el pensamiento ya no alcanza a llegar. Vamos a ese lugar y no volvemos jamás....

Por Daniel Medina Flores

(Cuento corto)

Todo es finito. Esa ley es la única que el ser humano no puede violar. El resto, bueno, el resto son barreras que nosotros mismos colocamos en el inconsciente. Existen los tiempos pasados cuando el día y la luz marcan nuestro rumbo y las sonrisas son el menú con el que se inicia cada jornada. Pero esos días se van y recorren el espacio de tiempos idos. Yacen ocultos en el horizonte, ¡qué días! Y cuando se está cerca de la luz la noche se acerca, en la cúspide llega el descenso, ese al que todos llegamos y no lo podemos evitar. Podemos tomar un camino diferente pero todos terminamos en el mismo fin. Hubo un tiempo mejor, un tiempo de luz que terminó, cayó y no se le pudo detener. El hombre observaba la máscara mientras recorría el filo del boomerang, sentía cada espacio del objeto y luego, sin que lo advirtiera el anciano que estaba cerca trabajando en una computadora, arrojó el arma a la pared quedando clavada.

A todos nos llega la muerte, lenta o larga, tarde o temprano, terminamos perdiéndonos en el espacio donde el pensamiento ya no alcanza a llegar. Vamos a ese lugar y no volvemos jamás. Sin embargo, parte de nuestra esencia se mantiene en la consciencia de aquellos que estuvieron cerca. La larga pausa del hombre fue seguida por un suspiro profundo. ¿Y cuando ellos se van? ¿Dónde queda la luz? ¿Dónde queda el recuerdo y los días iluminados? Todo se pierde en una sombra que traga palabras, acciones y recuerdos. Morimos nuevamente, la finitud llega después del primer deceso. A qué le podemos temer entonces, ¿a la muerte o al olvido posterior? Cuando toda la raza humana llegue a su fin nuestra presencia no será más fuerte que el breve rumor del viento que recorre una montaña.

Mientras caminaban por el callejón oscuro, sintió una tranquilidad singular, que no había tenido en momentos anteriores. Poco antes, cuando el miedo controlaba su cuerpo, sólo bastaron unas palabras de su padre para terminar con todo ello. Ahora el callejón largo, oscuro y solitario no parecía una gran amenaza.

¿Y si esto que hago no funciona?, ¿Si mis acciones sirven de poco pues nuestra mente, nuestro recuerdo es finito? Ahora no lo sé, lo único claro es que estoy aquí y ustedes dos no. Se fueron hace tanto tiempo y la noche fue cayendo despacio hasta que lo cubrió todo. La noche devora sin cesar la pequeña luz que mantengo a costa de una gran resistencia. Creo que puede servir, creo que puede ser un faro, un símbolo de esperanza, pero los años pasan y esa idea cada vez es más débil al lado de las sombras. Ya no soy el joven de antes y mi vitalidad se va con el tiempo. Lo que inicié cuando ustedes se fueron ahora pareciera estancarse. La botella de vino que colocada cerca al lugar donde estaba parado ya tenía un nivel inferior a la mitad. El hombre movió la mano y la tomó para darle un largo trago, tanto así que la dejó casi vacía, luego sus ojos continuaron clavados en la máscara.

La risa de su madre provocó una reacción similar en el niño. “¿Ya estás mejor?”, le preguntó y el niño asintió. Siguieron caminando y los problemas estaban ya superados. Luego ocurrió aquello: el instante mismo en que el tiempo se fragmentó pedazo a pedazo delante de él. Recordó bien los instantes previos cuando el hombre caminó hacia ellos volteando hacia todas partes, dudando, tratando de asegurarse que nadie salvo ellos estuvieran en esa calle. El sonido del martilleo fue claro, la escuadra apuntó directo a la familia. “alto”, fue lo que escuchó.

Una lágrima salió de su ojo pero no se molestó en enjuagarla, todo lo contrario, dejo que corriera por su rostro mientras observaba la máscara. Esa noche volvería a utilizar aquellas vestimentas, lo había preparado todo con cautela como era su costumbre desde hace muchos años. Aún sentía la impaciencia de la primera vez, podía sentir los nervios que no se iban después de años que había realizado su trabajo. Esa noche dejaría de lado otra vez más su nombre y su rostro para internarse en otra personalidad, otra noche más de sombras y alas como sus aliadas. ¡Qué días! Aquellos que se van y se quedan en el recuerdo, aquellos que se caen pero en mi mente permanecen, por ahora están aquí y, no obstante, terminarán como todo, como la vida, como las acciones, ¿qué queda entonces?, ¿Qué se deja como legado?, ¿Acaso el mío perdurará?, ¿Acaso lograré perpetuar el que ustedes iniciaron en esta ciudad de oscuridad y miedo? Quiero creerlo o de lo contrario toda esta vida sería en vano.

Vio cómo su papá se colocó delante de ellos para defenderlos. Vio cómo se miraron uno al otro y mientras en su padre había preocupación porque su familia estuviera a salvo, en el otro el nerviosismo era evidente. Los pasos fueron cortos, apenas un par de ellos y luego la explosión sacudió su cuerpo. No vio el momento en que cayó su padre pero sí su imagen en el suelo y la sangre recorriendo lentamente la acera.

Mientras esté aquí no importa lo que venga después. Si llega la finitud no estaré para presenciarla. Que sean ellos los que decidan hasta que momento podré vivir y mientras seguiré con esta misión. Ya pasaron muchos años de aquel día pero aún lo siento presente, no se va de mí ser y me acompaña cada noche recordándome por qué lo hago. Aún no se han ido y me niego a dejarlos partir a esas estancias desconocidas. Físicamente no están aquí pero cada noche trato de darles vida, regresarles lo que les arrebataron cuando los días eran mejores. Sin darse cuenta su puño se cerró alrededor del cuello de la botella hasta estrellarlo por la fuerza que le imprimía el recuerdo de sus padres. Si nos vamos lo hacemos todos juntos, cuando ya no exista recuerdo de ninguno, cuando nuestro apellido, nuestra casa, nuestra familia sea nada.

El arma apuntaba directamente a ella. El niño no podía salir del trance en que estaba con su padre tendido en el suelo y con la sangre alimentando el asfalto. Luego el segundo disparo lo ensordeció. Vio caer las perlas pero no escuchó el sonido que hicieron al impactar en el suelo. Tampoco las pisadas producto de la corrida que hizo el hombre una vez que vio los dos cadáveres en el suelo. Ahí estaban los dos, muertos. Se acercó pero lo único que pudo reconocer al palparlos fue el vacío del cuerpo y la frialdad de la muerte.

Un pequeño rastro de sangre apareció en su mano. Dejó la botella y sin dudarlo tomó la máscara ajustándola bien junto con los demás artefactos que utilizaba. Luego suspiró otra vez de forma tan larga que sintió cómo escapó parte de su esencia.

Siempre regresa porque es donde están ustedes, se niega a ir y yo tampoco tengo la intención de dejarla, es la que me hace salir cada noche, la que me mantiene en esta misión, en esta forma de vida. Todo es finito, esa ley es la única que el ser humano no puede violar. El resto, bueno, el resto son barreras que nosotros mismos colocamos en el inconsciente. Y mientras aún esté vivo y ellos sepan lo que hago no habrá muerte, no hoy.

—Será una noche larga Alfred—dijo el hombre mientras caminaba hacia el auto.
—Atacó de nuevo y dejó esto. —Alfred le mostró el naipe y el hombre lo examinó por unos momentos.
Subió al auto y mientras lo encendía pensó en sus padres una vez más. Los vio tendidos en esa calle oscura, nuevamente dejó escapar unas lágrimas. Aceleró dejando atrás ese espacio subterráneo y adentrándose en las sombras de la noche.