“El tiempo en que viviamos no había nadie honesto”. Las historias de la tragedia rusa contadas por Svetlana Alexiévich

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Cuando se habla de grandes ideas, nadie habla con la gente común y corriente
Nuestra mente siempre opera en dos niveles. Un primer nivel es lo banal, luego está el nivel de los mitos
Víctimas y verdugos son las mismas personas
Es muy difícil encontrar maldad pura en el ser humano
Delegar esta maldad, atribuirla a un gran villano como Stalin o Hitler, son nuestros intentos por culpar a alguien más.
La maldad es omnipresente
La prisión corrompe tanto a la víctima como al victimario

Flavio Vidales/ La Cueva del Lobo

La periodista bielorrusa Svetlana Alexiévich ha dedicado su vida a escuchar a la gente que ha visto su vida zarandeada por los temporales de la Historia, en especial en la antigua Unión Soviética.
Así, ha escrito sobre la participación de las mujeres rusas en la Segunda Guerra Mundial (La guerra no tiene rostro de muer); la invasión soviética a Afganistán (Los muchachos de zinc) y el accidente nuclear de Chernóbil (Voces de Chernóbil: crónica del futuro). Su último libro, sobre la caída de la Unión Soviética y los años posteriores, fue publicado en español como El fin del Homo Sovieticus.
En octubre de 2015, la Academia Sueca sorprendió al mundo de las letras al premiarla con el Nobel de Literatura, pues se trata de la primera vez que se premia a un autor cuya obra es completamente de no ficción.
En una conversación en el Hay Festival de Gales de este año con la periodista Bridget Kendall -quien fue corresponsal de la BBC en Moscú de 1989 a 1995-, Svetlana dijo que “la vida en los pueblos rusos es muy ‘verbal’, se la pasan todo el tiempo contando y discutiendo cosas”.
Agregó que con ellos aprendió sobre la vida y la muerte. “Cuando se habla de grandes ideas, nadie habla con la gente común y corriente. Mi historia sería sobre socialismo doméstico. Cómo lo vivió la gente”.
Por eso, dice, “decidí ser una historiadora de sentimientos, no una historiadora oficial”.
Los siguientes son partes de la conversación de más de una hora que Svetlana Alexievich sostuvo con Bridget Kendall.
Una vez le pregunté a una mujer “cuando te fuiste para la guerra, ¿qué fue lo último que hiciste?
Y la mujer me decía que lo último que había hecho había sido gastarse todo su sueldo en chocolates y llenar una maleta con ellos: ‘Y me fui para la guerra, a convertirme en una francotiradora, con una maleta llena de chocolates’…
Mujeres rusas durante la Segunda Guerra Mundial.

Las mujeres, cuando hablaban sobre la guerra, nunca la embellecían. Para ellas era, inequívocamente, una matanza. Nunca la veían como algo heroico, como los hombres. Entonces la versión de lo que había sido verdadero difería mucho entre hombres y mujeres.
Nuestra mente siempre opera en dos niveles. Un primer nivel es lo banal, luego está el nivel de los mitos. Y en los países totalitarios esos mitos siempre están conectados con lo militar.
En su libro El fin del Homo Sovieticus, usted dice que la gente en ese tiempo estaba dividida entre víctimas y verdugos. ¿Quién era quién? ¿Qué línea los dividía? Porque habla gente que sufrió durante la época estalinista, pero ahora se muestran orgullosos de ese período y extrañan a la URSS. Y en el retrato que usted dibuja todos son víctimas.
Lo más extraordinario es que no hay una estricta línea de división. Víctimas y verdugos son las mismas personas (…).
Conocí a varios viejos “verdugos” y entre ellos no había muchos que causaran temor… quizás cuando la gente es vieja no asusta.
Mi padre me contaba que, cuando era estudiante en la facultad de periodismo, antes de la guerra, cada vez que volvían de las vacaciones de verano faltaban al menos 15 de los 20 tutores. Habían sido arrestados.
Y los estudiantes y profesores sabían quién entre ellos los habían denunciado. Y esas personas coexistían de manera pacífica, tomaban vodka juntos… Esa era una de las principales preguntas para mi: ¿cómo lo lograban?
Una joven revisa su sobretodo mientras pasa frente a uno de los monumentos que conmemoran la Segunda Guerra Mundial en Kiev, Ucrania.
En mi libro cuento la historia de un jovencito que estaba fascinado con una vieja mujer llamada Olia, que tenía un cabello y una voz muy hermosos. En la época de la Perestroika, la madre le contó al joven que, antes de la Segunda Guerra Mundial, Olia había denunciado a su propio hermano, quien murió en los campos de prisioneros.
El muchacho confrontó a Olia y le preguntó por qué lo había hecho. Ella le respondió: “Así eran los tiempos en los que vivíamos. No había nadie honesto”.
El joven entonces le preguntó que más recordaba de 1937 (año en que ocurrieron los hechos) y Olia le contestó: “Fue una época maravillosa. Estaba enamorada y era amada”.
¿Sabes? Es muy difícil encontrar maldad pura en el ser humano. Naturalmente, cuando el fascismo y el comunismo se derrumbaron la gente quiso delegar esta maldad, atribuirla a un gran villano como Stalin o Hitler.
Son nuestros intentos por culpar a alguien más. Pero la maldad no está sólo Stalin o en Beria (Lavrenti Beria, fundador de la NKVD, predecesora de la KGB), también está en esa hermosa mujer que denunció a su hermano.
Es por eso que me gusta tanto estudiar este tipo de maldad, para mostrar que está desperdigada entre nosotros. Que es omnipresente.
Una veterana rusa de la Segunda Guerra Mundial toma asiento cerca del teatro Bolshoy en Moscú, después del desfile de la Victoria Militar, que se celebra los 11 de mayo.
Usted habla de un tiempo y lugar muy específico. ¿Es la gente que pasó por ese “experimento soviético”-como usted lo ha llamado- tan diferente de nosotros? ¿Es ingenuo pensar que si se deshacía del sistema comunista iban a abrazar los valores europeos y querrían vivir de la misma manera que en Europa occidental?
La verdad, no sé. Lo que sí sé es que si una persona ha vivido mucho tiempo en un campo de prisioneros, es muy ingenuo creer que cuando deje ese lugar se volverá diferente, o libre. No sé por qué fuimos tan ingenuos en los 90.
Había un escritor ruso muy famoso, Varlam Shalamov, que pasó 17 años en un campo de prisioneros, y una vez dijo que la prisión corrompe tanto a la víctima como al victimario. Es una relación simbiótica.
Pensé en eso durante la última elección de Putin, porque durante ella nombró un círculo de “representantes autorizados”. Y me sorprendió mucho ver entre ellos a grandes artistas, escritores o violinistas.
A algunos les pregunté personalmente por qué lo hacían si no lo necesitaban, si no estaban bajo ningún tipo de amenaza.
Y decían lo mismo: “Hemos sido humillados durante tanto tiempo. ¿Por qué Estados Unidos tiene que tomar las decisiones en todos los temas importantes?”. O también: “Putin es un líder fuerte, yo estoy viejo y mi hijo tiene un restaurante y está pasando dificultades…”

Pero creo que es difícil comparar nuestras sociedades (la actual con la del período soviético) creo que es mejor comparar nuestra sociedad con la alemana después de la Segunda Guerra Mundial.
Vemos que la historia se repite en la sociedad rusa. No estoy demonizando a Putin como persona, estoy demonizando al Putin colectivo.