Salud emocional contra el amor romántico

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Por Cristela Trejo Ortiz [author] [author_image timthumb=’on’]https://lacuevalobo.com/wp-content/uploads/2019/02/43652067_10204733217327061_3296577705385918464_n.jpg[/author_image] [author_info]Lic. en Derecho, feminista, defensora por convicción de los derechos de la infancia [/author_info] [/author]

Mucho se habla de lo dañino que resulta perpetuar el “amor romántico” en las relaciones de pareja, enfatizando en las y los adolescentes que no se dejen seducir por las relaciones tóxicas y  los mitos sobre el amor. Se habla de amarse primero antes de amar al otro, pero poco se dice sobre la construcción de la autoestima saludable desde la primera infancia.

¿Cómo hablar de relaciones de pareja saludables, si el primer vínculo afectivo del ser humano está rodeado de violencia naturalizada en pro de la educación? La familia como primer centro de socialización del niño y de la niña determina en gran medida la salud mental el resto de su vida. Otros más hablan de capacidad del ser humano de salir de esos contextos adversos si se trabaja en ello. Mucho se habla de esta cuestión mas lo cierto es que las muertes por violencia feminicida por ejemplo siguen a la alza en el país y en el mundo. Lo cual indica que no hemos logrado desmitificar la idea de que el amor puede ir acompañado del odio.

Cuantas veces no decimos a niños y niñas: ¡Qué mal te portaste! ¡No me quieres!  ¡Si no te portas bien, te voy a pegar! o peor aún; “te pega porque te quiere” “dale unas buenas friegas para que entienda”. Y así, nos vamos criando entre la figura del amor-odio. Porque no dudamos jamás que ese amor de madre, de padre de los hijos, de las hijas es grande y maravilloso; no identificamos lo tóxico que pueden ser las relaciones que pudieran comenzando desde las familias.

Y en este proceso insano de construir relaciones personales; una vez más las niñas, las adolescentes; las mujeres estamos en desventaja. La cultura machista nos deja en estado de indefensión ante la violencia. Leía con preocupación un “post” de una maestra de primaria pidiendo a las madres de familia que enseñaran a sus hijas a “Ser educadas y agradecidas”, ya que por el festejo del día del amor y la amistad muchos de los niños llevaron rosas y ellas no se las aceptaron, incluso muchas de ellas tiraron las rosas o las regalaron a niñas más pequeñas.

Algo que puede ser inofensivo, tiene atrás la tan “romántica” percepción del “soldado caído”: aquellos hombres que hacen propuestas amorosas de noviazgo o matrimonio públicamente y son rechazados, generando compasión para los primeros y rechazo y violencia a las segundas, cuando ellas no estaban enteradas o ya habían rechazado las propuestas de ser algo más con esa persona. ¿Deberían de aceptar por educación algo que no quieren ni desean o no que no les ha sido consultado?

Lo que no podemos ver es que precisamente desde la infancia que se van construyendo las relaciones de abuso de poder, de violencia y sometimiento, y  a la par en nuestra cultura no se aprende a regular la frustración que puede tener un “NO” y ese hombre rechazado y exhibido puede ser el que un día quite la vida a su pareja o ex pareja cuando enfrenta por un “NO”.

El romance puede ser algo etéreo y sublime si se construye en el respeto. Habrá quien guste y disfrute de la cultura del romanticismo que puede asociarse al amor (regalos, detalles, sentimental, etcétera), lo que dudo es que alguien en un sano juicio quiera un golpe a cambio de unos chocolates. Y sí, seguramente alguien pensará “yo conozco personas que así son y solo se enojan un rato” “les gusta la mala vida” y otras frases que solo legitimizan la violencia y naturalizan el abuso. Lo que no identificamos es el horror que se vive en estas relaciones, y que la mente humana es tan maravillosa que para sobrevivir al trauma se paraliza y no hay reacción a la acción.

La construcción de relaciones sanas es mucho más complejo de lo que podemos imaginar, incluso en esas familias que tienes ciertas condiciones para acompañar a sus integrantes más o menos en la formación de una estima buena; el contexto social nos empapa de lo tóxico desde los roles y estereotipos de género que se nos impone –la naturalización de las violencias en las relaciones de pareja-, el alto consumismo en que nos desarrollamos y el sistema económico donde estamos tan inmersos en la sobrevivencia del día a día que no podemos trabajar puntualmente en nuestra salud integral.

¿Cómo trabajar en nuestra salud emocional, si ni siquiera reconocemos que se debe de trabajar?  Que las relaciones no se construyen sino se imponen. Hombres y mujeres debemos de atendernos, de cuidarnos, de amarnos, y no desde el discurso sino desde la acción: conocernos, regularnos (la frustración, el enojo, la apatía, etcétera)  determinar lo que queremos en nuestra vida y que no, y evolucionar.

Sabernos sujetas y sujetos de cambios, somos seres dinámicos y podemos transformar nuestra realidad si desde la infancia desmitificamos el amor incondicional, y empezamos a trabajar en el verdadero amor propio y al prójimo con respeto, traducido en el cúmulo de habilidades socioemocionales para atender la vida con toda su gama de posibilidades.

Y sí, el amor no duele, no somete, no mata. Incluso cuando es parte de la familia, sabernos sujetas y sujetos de dignidad nos permite identificar cuando no es amor, parar cuando estamos inmersos en esas relaciones agobiantes, dañinas, toxicas y correr antes de que la vida se esfume, en aras del amor romántico, aquel que todo permite incluso quitarnos la vida.