Repensemos las corridas de toros

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Citlaly Aguilar Sánchez

Septiembre trae consigo los festejos patrios relacionados con la Independencia respecto de la Corona Española, alcanzada en 1810, y en particular, los zacatecanos viven también una fiesta tradicional, la Feria Nacional de Zacatecas (FENAZA).

Dentro de esta, los colores y sabores del Estado relucen y se amontonan, cuales filas largas para ingresar en el Multiforo en nuestros sentidos, haciéndonos degustarlos sin pedir permiso. La música y el baile se apoderan de nosotros y, entre la euforia propiciada por el alcohol de Grupo Modelo, que dicho sea de paso hace su agosto en estas festividades, todos caen alguna vez víctimas de robos, atropellos o una resaca inolvidable.

En este contexto, también se hace presente un espectáculo (aunque muchos no compartimos este sustantivo para describirlo) peculiar: las corridas de toros.

Ciertamente, dentro de las libertades de todo individuo está la de poder disfrutar de diversas actividades de diversión, no obstante, en pleno siglo XXI, luego de toda una tradición de raciocinio y de evolución emocional, ¿es posible seguir viendo este tipo de actividades como algo legítimo?

Se dice que estas tienen su posible origen en el medio oriente, y que, por medio de los moros llegaron a España aproximadamente en el siglo VIII, que quizá iniciaron como una variante de caza.

No obstante, con el tiempo, esta práctica se fue ejecutando más en un evento de culto, que de necesidad, y por ende, en un ejercicio que se profesionalizó. 

Durante el Medioevo y hasta el Renacimiento, la Iglesia católica y diversas instituciones científicas renegaron mucho de estos festejos por considerarlos como salvajes, como faltos de raciocinio; la Iglesia además culpaba a los organizadores de estos de que por causa de la realización de estos eventos, los devotos no acudían a misa. 

Sin embargo, dado a que su ejecución improvisada causaba muchos problemas, sobre todo con la infraestructura de las ciudades, con el paso del tiempo la denominada Fiesta Brava se empezó a llevar a cabo en Plazas especiales, y esto implicó pago de impuestos y, más importante aún, ganancias. Este paso es lo que hizo que, en primer lugar, los gobiernos legalizaran y aceptaran su implementación como una práctica social, y posteriormente la Iglesia.

En la actualidad, las corridas de toros tienen efecto durante diversas épocas del año en muchas ciudades del mundo, y México no es la excepción, pese a que hay una cantidad considerable de personas que están en contra.

El pasado martes 10 de septiembre, y ante la posibilidad puesta sobre la mesa por parte del presidente de la República, Andrés Manuel López Obrador, respecto de la erradicación de esta práctica, el diario Reforma publicó los resultados de una encuesta en la que se muestra que el 59% de la población mexicana está en contra de estos eventos.

Según este diario, este porcentaje rechaza las corridas de toros por considerarlas más un acto de maltrato animal que, como fue el caso de los detractores de la Edad Media, una actividad irracional y distractora del dogma religioso.

Si bien se trata de un acto en el que el hombre se impone ante un animal para demostrar virilidad y valentía, también es cierto que es una disciplina clasista, puesto que tanto para ir a presenciar esta como para ser un torero, se requiere dinero. Los toros se Sevilla, así como los diversos artefactos y vestuario requeridos para su realización tienen precios muy altos.

En nuestro país, en el que hay una cierta clase social privilegiada, a la que le sigue otra clase que aspira a ser como la privilegiada, este tipo de “espectáculos”, provenientes de otras culturas, que parecieran incomprensibles y por ende solo aptos para ciertas personas, resultan atractivas las corridas de toros no solo por sus posibles simbolismos, sino porque son también un signo de estatus social.

En ese sentido, valdría la pena repensar la Independencia mexicana no ya en términos políticos, sino culturales, es decir, cuestionar si es que este tipo de aficiones aportan algo valioso a nuestra cultura actual o si solamente fungen como un aparato de subordinación de otra cultura que, en todo caso, tampoco se alcanza a comprender del todo.