¿Quién es el culpable de la miseria olímpica?

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Por Álvaro López Sánchez[author] [author_image timthumb=’on’]https://lacuevalobo.com/wp-content/uploads/2016/08/12583680_10207437439047801_1382246843_n.jpg[/author_image] [author_info]Tapatío, mercádologo de profesión, integrante de la OSC Pensamiento y Educación Sustentable A.C., Colaborador en varios medios de comunicación nacionales. Tuitea como:@elcerebrohabla [/author_info] [/author]

Cada vez que sintonizo las olimpiadas para ver a un mexicano competir, termino lamentando la derrota. Una tras otra, uno que se quedó en la orilla, otro que no tenía el nivel para aspirar a la medalla, otro que era favorito y decepcionó. En medio de un país que parece sólo contar malas noticias, ver esto es algo doloroso.

La primera reacción que podría venir a la mente sería reclamarles a los propios atletas, que si un atleta no gana una medalla es un fracaso, que es nuestra mentalidad, que es cultural, o es genético.

Pero tampoco todos los atletas de las grandes potencias ganan medallas. Estados Unidos llevó más de 540 atletas a Río 2016, y tiene hasta el momento 93 medallas. Independiente de las medallas que se acumulen, aproximadamente 4 de cada 5 atletas estadounidenses regresarán con las manos vacías.

Entonces, que un mexicano no gane medalla no es necesariamente un fracaso para el atleta.

También. Así como Rommel Pacheco tuvo una pésima final en los clavados, varios de los atletas favoritos de otros países también fracasaron: aquel campeón mundial que quedó fuera de las medallas, aquel que ostentaba el record mundial y fue superado por un desconocido, aquel favorito que perdió ante el que aprendió a lanzar la jabalina viendo videos de Youtube. Cualquier atleta puede fracasar, no sólo los mexicanos.

Muchos traen a la mente esa frase de Vince Lombardi, quien afirmó que “lo importante no es ganar, es lo único”. Pero ganar tiene muchas facetas. Un atleta de 100 metros planos novato que entra a sus primeras olimpiadas, pero carece de experiencia, no podrá competir contra Usain Bolt a menos que sea doblemente genial que el jamaicano.  

Pero este atleta sí podrá competir contra sí mismo y superarse, ganar no sólo es obtener el primer lugar, sino llegar más arriba de donde se está. Los mexicanos como aficionados no valoramos eso, ni siquiera valoramos el esfuerzo de nuestros atletas y creemos que entraron ahí por casualidad. No importa si son novatos, veteranos, estrellas, o botearon en un camión; no ganar una medalla es un fracaso.

Dicho esto, las “olimpiadas miserables de México” (así lo llama The Washington Post en un artículo) no son consecuencia directa de los atletas. No creo que todos se hayan puesto de acuerdo para fracasar, o que coincidentemente la actitud sea más mala (aunque tampoco es una gran motivación para ellos observar a Alfredo Castillo y las demás instituciones deportivas acusándose mutuamente, así como a algunos usuarios en las redes linchándolos a más no poder).

 Los pésimos resultados derivan de una crisis institucional dentro del deporte que está estrechamente ligada a la crisis institucional generalizada que vivimos en el país. Que Alfredo Castillo, amigo cercano de Peña Nieto, sin experiencia alguna en el deporte esté al frente de la CONADE, dice mucho. Pero el gobierno no es el único culpable.

Linchar a los atletas no lleva a nada. Muchos de ellos llegan a las olimpiadas después de entrenar más de 8 horas diarias durante un periodo razonable de tiempo. Muchos, ya frustrados por no conseguir la presea, no se volverán más buenos ni “cambiarán su actitud” al ver esa sarta de reclamos (muchos con mala leche) en las redes, ni “pagando de regreso los impuestos”.

Algunos como Aida Román trataron de justificar su derrota, pero no es nada del otro mundo, ni es algo que suceda porque es “típico de los mexicanos”. De igual forma otros atletas mexicanos sobresalen a pesar de las adversidades que no tienen sus contrapartes de los países desarrollados. No va por ahí, no va por la actitud, ni la “idiosincrasia” mexicana reflejada en los atletas. Habrá que preguntarnos, ¿Qué pasa para que nuestra delegación sea tan poco competitiva?…

El problema es estructural, y si queremos resolver el problema, tenemos que empezar por ahí. No sólo se trata de “reclamarle al gobierno” porque tampoco es el único responsable. Se trata de buscar soluciones y buscar esquemas donde no sólo el gobierno participe, sino también la iniciativa privada, las universidades, así como la sociedad en su conjunto que debería tener un mayor involucramiento.

¿Por qué las potencias olímpicas lo son? La gran mayoría tienen instituciones muy sólidas, como lo pueden presumir Estados Unidos, Inglaterra, China, o Gran Bretaña. El prietito en el arroz podría ser la corrupta Rusia de Putin, pero las motivaciones geopolíticas, así como la herencia soviética donde los atletas son moldeados con la mano de hierro del Estado, hace que sean muy competitivos. En algunos países como China, el gobierno, autoritario pero muy eficiente, hace las cosas muy bien; mientras que, en Estados Unidos, las universidades y la iniciativa privada tienen un papel destacado. No sólo sus instituciones funcionan, también tienen una cultura del deporte muy arraigada que va más allá de las asignaturas de educación física que consiste darle vueltas a la cancha.

Otros países como Jamaica, Kenya o Kazajistán no tienen instituciones sólidas, pero han acertado al apostar a ciertas disciplinas y hacerse potencia mundial en ellas. Jamaica y Kenya no destacan en otra cosa más que en atletismo, sus delegaciones apenas representan la mitad en número comparados con México, pero son potencia en lo que saben hacer. Tanto los habitantes jamaicanos como los kenianos tratan de emular a sus atletas. En esos países, sus héroes han creado una cultura del deporte en las ramas en que compiten, y de esa forma, siguen siendo potencias olimpiada tras olimpiada.

México ni tiene instituciones sólidas, ni tiene una cultura del deporte, ni se ha preocupado por destacar fuertemente en alguna disciplina (el Tae Kwon Do podría ser la única excepción), y a sus habitantes sólo les interesa el futbol (en el cual también somos malos), la NFL y el box profesional. La iniciativa privada (a pesar en que en algún tiempo pretendió involucrarse más) prácticamente brilla por su ausencia, las universidades aportan más bien poco, y el Estado lo hace mal; en este sexenio aún peor (ahí está el amigo del Presidente al frente de la CONADE, los parches en los uniformes y los boxeadores boteando en los camiones) al punto en que terminamos depositando nuestra fe en atletas que surgieron durante procesos anteriores y que ya habían ganado medalla en otros Juegos Olímpicos.

Con todo esto, no es difícil entender nuestra “miseria olímpica”. Las cosas no están hechas como para esperar otro resultado. México fracasa en las olimpiadas porque ni siquiera existe un plan en el deporte, porque las instituciones están infestadas de corrupción, y porque los otros actores que podrían hacer algo (universidades, empresas privadas) no lo hacen, y encima, la sociedad (dejando a un lado las coyunturas olímpicas) no tiene preocupación alguna por el deporte.

El problema es uno estructural de gran calado y no un mal día de Paola Espinosa, Para que México sea más competitivo, todos los actores se deben involucrar. Las respuestas son parecidas a aquellas que delineamos cuando queremos pretender hacer de México, un país más fuerte y desarrollado tales como Instituciones más fuertes, mayor competitividad, involucramiento de todos los sectores como el Gobierno, la iniciativa privada y la sociedad civil.

Tristemente, nuestra miseria olímpica es representativa del estado actual de las cosas en nuestro país, y naturalmente a los mexicanos nos duele ver la imagen que estamos dando afuera. Y cuando se cae hasta el fondo, no queda de otra más que voltear arriba, a esa luz que se ve al final del túnel, y escalar hacia allá.