Peña Nieto y los “malditos” populismos

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Por Norma Galarza

Luego de que el Presidente Enrique Peña Nieto,  alertara a la comunidad internacional ante  la sede de la ONU, sobre que en cielo azul de nuestro “boyante” país,  sobrevuelan “obscuros” populismos de izquierda y de derecha -y como diría Germán Dehesa de “centro abajito”-, preocupando sumamente al héroe de Atlacomulco,  es necesario preguntarse ¿Desde cuándo al grupo del poder le incomodan los populismos?

Sin duda, el afán presidencial, de emitir dicha alerta ante los países invasores -digo inversores- surge de una preocupación cuya índole es meramente política, porque hay evidencias de que lo que tiene a nuestro presidente sumido en el insomnio tiene nombre y apellido: AMLO. Quien representa a un grupo político contrario al que está en el poder (en teoría), y  que sigue ganando terreno  de cara a las elecciones del 2018, cierto, con un discurso populista.

Sin embargo el discurso y las prácticas populistas no son material exclusivo de López Obrador, porque si hablamos de populismo, éste es el mecanismo a través del cual se ha sustentado el sistema político mexicano desde que la revolución derrocó la dictadura de Porfirio Díaz,  incluso, fue utilizado con una maestría “religiosa” en los dos periodos de la alternancia derechista, mocha y santurrona del partido blaquiazul.

El populista es un líder que convence al pueblo a través de discursos baratos que concentran su poder en hacer creer a la gente que la solución de todos sus problemas se concentran en su imagen, una imagen que se vende, se  sobreexpone al público, el populista adora el culto a su persona, promete soluciones fast track, marea a la gente con promesas vacías e irrealizables, poco apegadas a la realidad y es enemigo de la democracia.

El populismo es un arma muy efectiva a través de la cual, las oligarquías políticas han logrado “apaciguar” al pueblo a través de la promesa demagoga  de “defender sus intereses y aspiraciones” Si analizamos,  la dialéctica política mexicana está diseñada para responder a los populismos, porque si no fuera así, no podría funcionar. Es un circulo vicioso, una relación perversa dónde el medrar con la miseria es la forma más socorrida de hace política, de esta forma el lenguaje político se apoya en el discurso populista, porque los candidatos sin importar el partido, recurre –siempre- a promesas de esa especie para hacerse del poder.

Y el poder al momento de ejercerse, tiene al populismo y a  sus “primos” el asistencialismo, y el clientelismo funcionando como rieles de este tren oxidado llamado México,  como sus principales aliados, que fungen de “frenos” que tranquilizan los ánimos de protesta de la población. Usted se preguntara ¿Dónde reside el peligro del asistencialismo, una variable muy utilizada del populismo? El peligro está en que provoca un pueblo parasitario dependiente del Estado, incapaz de ser productivo, porque sobrevive con el sustento que “a cuenta gotas” suministra el grupo en el poder, lo que condena a ese pueblo a depender de ese Estado del que se vuelve su cliente electoral.

Incluso los programas sociales  se han desarrollado con tintes populistas, clientelares, asistencialistas, los más recientes dan prueba de ello. ¿Quién no recuerda la  “Solidaridad” salinista? O el “Progresa” calderoniano y hoy ¿Quién no conoce su variante peñistas, en Próspera y la Cruzada Nacional contra el Hambre?

De esta forma los gobiernos “antipopulistas” dependen de la miseria de cientos de mexicanos para, a través de la dádiva perpetuar en el poder un sistema político al que no le conviene que los pobres se eduquen o sean autosuficientes económicamente porque entonces terminaría su negocio perverso de usar el dinero público para comprar conciencias y voluntades.

Así en un país, donde de acuerdo al INEGI 129 mil 780 mexicanos mueren cada año por enfermedades relacionadas con deficiencias nutricionales y según el CONEVAL el 79 por ciento de los mexicanos padecemos pobreza multidimensional (que incluye al menos una carencia en los indicadores de desarrollo humano en temas de  educación, la salud (sanidad) y el nivel de vida) es necesario, que no sólo el Presidente, sino todos los mexicanos nos volquemos en contra del populismo. Porque no hay sistema más dañino para una sociedad que éste,  que a través del asistencialismo, satisface necesidades primarias y asesina el talento, y ubica a la población en una especie de mediocre  “zona de confort” donde la pobreza no encuentra una salida real a través de la productividad, sino es condenada a la pobreza transgeneracional, augurando un futuro negro para el futuro de México.