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Norma Galarza

 

Por Norma Galarza

La imagen del México solidario que  acogió a cientos de refugiados del mundo desde su instauración como país libre, cayó solo en una semana.

 La caravana de más de 5 mil migrantes procedentes de Honduras y otros países del sur, que llegó a Chiapas, invocó al mexicano xenófobo que se esconde en muchos de nosotros, el que trasforma un miedo a lo que no conoce, en odio.

Ellos, los latinos, los que más se nos asemejan físicamente  son repudiados y criminalizados por connacionales que olvidan que la hospitalidad fue por décadas una política nacional.

Sin importar que las razones de su éxodo, lo cierto es que tienen necesidades imperantes a las que no podemos ser apáticos: alimento y cobijo en su trayecto con rumbo al norte.

Además pese a que resulte incomprensible su elección de viajar en masa, quizá solo se trate de una estrategia para protegerse de una muerte latente y el secuestro por parte del crimen organizado que impera en nuestro país.

Pero el temor de muchos paisanos no ha hecho esperar. Lo más patético es que somos los mismos indignados cotidianamente por el racismo del Presidente de Estados Unidos, nuestro vecino; país, al que igual que ellos, muchos mexicanos aspiran habitar.

¿Nuestra empatía, y máscara de buenos humanos, fue una simple  mustiedad?Así parece. En sólo unos días quedamos exhibidos.  No somos los buenos del continente, la xenofobia siempre ha estado aquí, pero como a todos nuestros demonios preferimos refundirlos entre la más recóndita de nuestras vergüenzas.

El grito de guerra contenido en nuestro himno nacional: “Más si osare un extraño enemigo profanar con sus plantas tu tierra, piensa oh patria, querida que el cielo un soldado en cada hijo te dio”… se hizo realidad en el repudio a los viajeros.

No obstante que el clasismo y el racismo, son comunes en nuestro país y  que pese a los siglos, todavía no superamos el rechazo a nuestros hermanos divididos por la historia en pueblos originarios, parecía que guardábamos algunos códigos de conducta, al menos con los visitantes.

Hoy, la  falsa careta de justos guadalupanos se cae ante el mundo, gracias al imperio de las tecnologías de la información.

Las redes sociales –ese mega  excusado virtual donde le bajamos cotidianamente a la palanca de nuestros más oscuros demonios- se encargaron, -justo cuando la caravana de migrantes pisó tierra mexicana- de demostrar que a la menor provocación invocamos al ciudadano presto a combatir del que habla también la bélica Marcha de Zacatecas, nuestro segundo himno nacional.

En pocos días, olvidamos que también somos migrantes cuando nos tocó ser el país que debería recibir a cientos de ciudadanos que cayeron en desgracia y  que se vieron obligados a emprender el camino rumbo a una vida mejor.

Olvidamos que pisarán las huellas que dejamos cuando emprendimos el viaje desde Chiapas, Oaxaca, Zacatecas, o cualquier otro estado de nuestro vasto país,  con rumbo a la tierra de Donald Trump.

 La mayoría de nosotros, como los niños, mujeres y hombres, que ahora integran el grupo de seres humanos que cansado de la violencia, el hambre y la injusticia, tenemos la migración en nuestra configuración genética.

Pero ahora que nos tocó estar del otro lado de la moneda se descaró nuestra peor versión. De vergüenza nacional, frases en Facebook y Twitter de paisanos que proclaman con intolerancia joyas como: “Que se regresen a su país”, “México no tiene  la culpa de que allá estén tan jodidos”,  otras en las que, incluso contactos  típicamente defensores de la vida soltaron perlas como, “si no tienen dinero, ¿para que se reproducen?”, han marcado tendencia.

 Ante el desbordamiento de la intolerancia, el miedo injustificado a lo desconocido y la simple la ignorancia, necesitamos rescatar al humano que se conmueve con el sufrimiento ajeno.

Es cierto, tenemos una crisis magnánima en nuestra casa, tenemos problemas muy graves desde hace años, pero la violencia, la apatía, el odio, y la indiferencia solo contribuirá a que nos hundamos más.

Recordemos que las fronteras son inventos del egoísmo y la ambición de algunos que se han repartido la tierra , no las impongamos entre nosotros ¿que no decimos siempre que los buenos somos más?  Feliz inicio de semana.