Parásitos, radiografía de la salvaje lucha de clases

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Norma Galarza

La repulsa casi innata de las clases altas hacia las personas que viven en condiciones precarias, el odio cortés y el celo de “los de abajo” (título que dio el jalisciense Mariano Azuela a una de sus novelas más populares) contra los ricos, son dos ingredientes explosivos que mezcló el surcoreano Bong Joon-ho, en su película Parásitos.

  El trabajo al que varios críticos de cine le dieron el mote de “ópera prima” del productor de filmes como El expreso del miedo (2013) y Orkja (2017)  -película que explora el maltrato animal en la industria cárnica-,  tiene la característica de mostrar un tema naturalizado en las sociedades capitalistas: la lucha por la supervivencia no es empática, para triunfar hay que pisotear a otros.  El enfrentamiento es cotidiano, y la sociedad actual, nos educa bajo la máxima de que si no eres caníbal, serás comido.

Joon-ho, nos restriega en la cara a través de un drama salpicado de un humor negro muy bien logrado, el pensamiento individualista que dictan las sociedades de consumo en las que la obligación principal, es sobresalir al precio que sea.

 En el capitalismo, tener dinero equivale a ser exitoso. En contraparte, vivir en la miseria es el peor fracaso social. Bajo esa premisa las relaciones humanas son una eterna competencia, se vive en una selva y como establece la teoría darwiniana, solo subsistirá el más fuerte.

Gi Taek es el patriarca de una familia a la que el desempleo obliga a vivir en las alcantarillas de Seúl. La oportunidad de salir del hoyo, se presenta de improviso cuando Gi Woo, recibe la oportunidad de dar clases de inglés a la primogénita de la adinerada familia Park. La familia comienza a fraguar argucias para entrar de la forma fácil a ese mundo al  que sueñan pertenecer, que los llevará por vericuetos inesperados.

El productor y guionista de 51 años retrata dos realidades clichés de las clases sociales antagónicas; la malicia de unos y la ingenuidad de los otros. Los Park, son excesivamente confiados y manipulables, esa característica, los convierte en víctimas de  parásitos que no perderán la ocasión para salir de su condición paupérrima.

 La meritocracia y el esfuerzo no se incluyen en los valores de esta familia de cuatro miembros que supone que la abundancia de unos se debe más a la suerte que al trabajo cotidiano y persistente.

Las brechas de desigualdad entre los que lo tienen todo y los que apenas sobreviven con migajas, originan y acentúan en Parásitos una relación ríspida, pero cordial.

Pero la cuerda suele romperse del lado más delgado y el rechazo que se oculta bajo la amabilidad y los sutiles gestos de la discriminación, serán la pólvora que encienda la llama del resentimiento, que como animal, acecha a la espera del momento idóneo para atacar.

Parásitos muestra el lado obscuro de la naturaleza humana, el monstruo interno que espera su oportunidad para surgir y ejercer su venganza contra quienes con el hecho de ser más afortunados,  ofenden. No por nada, la película que brinda actuaciones impecables, entre las que resalta la de Song Kang-ho, quien interpreta al jefe de familia pobre, además de ganar la Palma de Oro en Cannes, se perfila para obtener el Oscar a mejor película extranjera, entre otras categorías en las que está nominada.

En lo personal, me parece fabulosa, ampliamente recomendable, si está pensando ir al cine este fin de semana, Parásitos es una buena alternativa. Disfrute su viernes.