No perder de vista lo que realmente importa.  

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Norma Galarza

 

No sé si las redes sociales en realidad son el espejo de la podredumbre interna de muchos mexicanos o es sólo el escaparate donde  se refleja nuestra visceralidad, falta de empatía y la superficialidad con la que abordamos los acontecimientos.

Un mensaje de texto por parte de Karen Espíndola de 27 años de edad a su madre en el que escribía que el conductor del taxi en el que viajaba se “veía sospechoso y grosero”, para después no mostrar actividad, fue el génesis de un escándalo nacional.

El hashtag #TeBuscamosKaren posteado por su familia  encendió las alarmas y  se hizo viral en pocas horas.  Por fortuna Karen estaba bien pese al preocupante mensaje.

Lo que siguió a ese feliz desenlace, fue más aterrador.  Los juicios de usuarios tanto de la red del pajarito azul, donde los hashtag #KarenMentirosa y #KarenDeParranda, se posicionaron como trending topic, desnudando la realidad vergonzante de un machismo más enraizado de lo que se cree.

Su aparición y haber estado en un bar ocupó sendos espacios en la mayoría de los medios de comunicación. El video de Karen entrando a un centro nocturno tomó tan inusitada importancia, que al final importó más que haya aparecido divirtiéndose que estuviera sana y salva.

Todo el montaje tiene pinta de una estrategia  pensada con el objetivo de desvirtuar los movimientos de mujeres que desde hace meses se volcaron a las calles para protestar contra la epidemia de violaciones y feminicidios en el país.

La actuación de los medios, de las autoridades y de la sociedad en conjunto,   preocupa,  porque es posible que si la madre de 3 hijos estuviera muerta, no habría reflectores.

Es escalofriante pensar que si Karen fuera parte hoy de la estadística que nos habla que de 2015 a 2019 han sido asesinadas 3 mil 277 mujeres por razones de su sexo, su caso sería intrascendente.

Esa es la verdadera tara. El escándalo de Karen Espíndola nos exhibe como ciudadanos aferrados en normalizar la violencia de género.

Y no es por justificar el actuar de Karen, actuó mal, eso es incontrovertible, lo que realmente preocupa es la necedad popular por buscar  elementos que responsabilicen a las mujeres por sus destinos a veces fatales.

 En algunos comentarios que leí, asombra el rencor y coraje tanto de hombres como de mujeres que, definitivamente en pose de Torquemadas,  la condenan. Otros van más allá al señalar que las alertas por desaparición y la maquinaria del Estado no deberían activarse porque al final puede tratarse de simples “bromas”. Mal

No obstante, los esfuerzos por evitar que más mujeres mueran nunca deben ser minados. Qué más da si al final resultan falsas alarmas.

La cuestión es no solapar que la autoridad evada sus responsabilidades solo  porque una mujer entre muchas, resultó que se fue a un bar.

En ese sentido no es de ignorar que en feminicidios documentados, cuando los familiares acuden a poner la denuncia sobre la no localización de una persona, la abulia, la apatía y formular juicios sobre el paradero de las víctimas, provoca que se pierda tiempo que en muchos casos significa la línea entre la vida y la muerte.

La irresponsabilidad de una persona no nos da permiso para bajar la guardia. Tenemos que  entender que el problema es serio, que existen cientos de mujeres que quizá estarían vivas si la autoridad, los medios y la sociedad misma, hubiesen actuado como lo hacen ante una mujer que decidió deliberadamente irse de parranda.  No hay que desviarnos del problema real ¿no cree?