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Norma Galarza

Por Citlaly Aguilar Sánchez[author] [author_image timthumb=’on’]https://lacuevalobo.com/wp-content/uploads/2019/04/55532046_10157146333749855_3762082775075651584_n.jpg[/author_image] [author_info]Escritora y ensayista zacatecana. [/author_info] [/author]

Varias notas periodísticas se han publicado alarmando sobre la declaración del secretario de educación, Esteban Moctezuma, respecto de que, para aprobar primero y segundo grado de primaria solo será necesario asistir a clases. Se ha llegado incluso a tergiversar la información y hay quienes auguran que esta medida se extenderá en todos los niveles.

Es comprensible que esto sea visto como algo alarmante para ciertos sectores de la sociedad, sobre todo aquellos en los que se cree que la educación debe seguir siendo una competencia de habilidades, y que los que no cuenten con ellas, tienen que ser castigados. Esta forma de pensar es consecuencia de todo un complejo sistema económico, político y social que tiene como objetivo privilegiar a unos sobre otros, y que se ha interiorizado de manera monstruosa.

Si nos detenemos unos minutos y reflexionamos al respecto, vale la pena cuestionar si el modelo educativo por competencia que se ha utilizado desde hace ya muchas décadas sí ha tenido resultados positivos, y si por esto es pertinente mantenerlo.

Al analizarlo, entenderemos que se trata de un problema multifactorial, del que podemos, por ahora, destacar dos elementos primordiales: el papel del docente y el del alumno y la relación entre ambos.

Cuando se piensa en calificaciones, al primero que se voltea a ver es al alumno, quien, en primera instancia es el que debe obtener una buena puntuación, el que debe cumplir con lo que se le exija. No obstante, se deja de lado que es el maestro el encargado de guiar al estudiante para que logre dichos objetivos. Aunque esto pareciera simple, en realidad envuelve una serie de cuestiones que son de vital importancia. ¿Cuál es el compromiso de un trabajador ante cualquiera que sea su empresa si la empresa no le ofrece ningún compromiso?

Es lógico actuar de manera desinteresada ante un trabajo que no remunera de manera que permita realizarlo, es decir, que el salario sea el suficiente como para mínimamente cubrir las necesidades básicas de alimentación, vivienda y salud.

Sumemos a esto que, los docentes se encuentran laborando en edificios deficientes, sin materiales, y que los grupos sobrepasan los treinta alumnos; no es lo mismo atender a quince personas que a cuarenta, y menos si se hace en un salón que está apenas en obra negra. Aunque esto generalmente es aplicable para maestros del sistema público, las condiciones del sector privado no son mejores, puesto en este segundo, los contratos se acaban el día que terminan las clases, sin ofrecer prestaciones o algún tipo de estabilidad laboral.

En estas circunstancias resulta comprensible, mas no justificable, que un docente no se empeñe en sus actividades; que realice su labor sin detenerse a ver quién se rezagó y quién no; y que evalúe con base en quien logró aprender y quién no.

En cuanto a los alumnos, cabe decir que los hay, en general, de dos tipos: de escuelas públicas, y de escuelas privadas. Los primeros vienen de los estratos sociales menos favorecidos, y por lo mismo, de ambientes familiares hostiles; situaciones que, según la psicología, son factores determinantes para fomentar o desmotivar la concentración en las aulas. Mientras que los segundos, provienen de hogares con mayores beneficios económicos, pero que, en aprovechamiento de su privilegio, ven la educación que reciben como un mero trámite que se puede resolver con dinero, al grado de ver a las autoridades educativas como servidores a su merced y no como guías.

Ante este panorama, maestros y alumnos conviven en la escuela infortunadamente, porque ni unos ni otros cuentan con las condiciones para desarrollarse de manera óptima. En este sentido, pensar en que los alumnos de los primeros años de primaria sean aprobados solamente con el hecho de asistir al salón es el menor de los problemas, puesto que, aunque se mantuviera el modelo ya conocido, los que aprueban tampoco tienen mayores ventajas sobre los que no, y los que reprueban solamente afirman sus carencias en la vida.

Más que pensar en esta medida como una desventaja o una oportunidad, el debate tendría que centrarse en ofrecer mejores opciones para los trabajadores de la educación, al igual que para el resto del mundo laboral en México; mejores condiciones de trabajo para todos significa también mejores condiciones para los estudiantes.