Mujeres rompiendo paradigmas: las que no desean ser madres

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Norma Galarza

 

Citlaly Aguilar Sánchez[author] [author_image timthumb=’on’]https://lacuevalobo.com/wp-content/uploads/2019/04/55532046_10157146333749855_3762082775075651584_n.jpg[/author_image] [author_info]Escritora y ensayista zacatecana.[/author_info] [/author]

La maternidad es un tema que se ha tratado mucho en la literatura universal, y se ha tratado desde dos perspectivas principales: la visión de la madre abnegada, que da todo de sí por sus hijos; el más claro ejemplo de ello lo encontramos en la novela La madre, de Maksim Gorky, en la que la protagonista, Pelagia Nílovna, se casó muy joven con un hombre que la maltrataba física y psicológicamente, comportamiento machista que el autor asocia a las condiciones degradantes en las que vive la clase obrera. Luego de la muerte del esposo, Pelagia se queda sola con su hijo, Pavel, quien es el que se encarga de despertar su conciencia por medio del estudio y del comunismo. Desde luego que, esta madre se convierte en una especie de alegoría del proletariado que se libera del opresor, no sin sacrificarse por su rebelde vástago.

No obstante, la otra visión literaria es la de la mujer que hasta que parió se dio cuenta de que no quería tener hijos, incluso experimenta un especie de odio hacia sus descendientes. Ejemplos de esto los hay en todas las épocas, y los hay más en el siglo XX, sin embargo, a mediados del siglo XIX destaca la célebre obra del francés Gustav Flaubert, Madame Bovary, cuyo personaje central, Emma, se reprocha severamente el curso de su vida: “¡Dios mío! ¿por qué me habré casado?”, se preguntaba, y en la escena del alumbramiento, resulta desolador leer que: “Dio a luz un domingo a eso de las seis, cuando salía el sol. -¡Es una niña!- Dijo Carl. Emma volvió la cabeza y se quedó sin sentido”, lo que se puede interpretar como un rechazo a su nueva condición.

Más allá de estos textos, es necesario hablar sobre esta segunda manera de ver la maternidad y no en un sentido retórico, alejado de la realidad inmediata, sino como un tema sentido. Ser madre es una condición que trastoca la vida social y psicológica de la mujer, así como la composición de su cuerpo; requiere un gran trabajo, conlleva fuertes responsabilidades, por lo que es natural no desear experimentarla.

No obstante, este no deseo de la maternidad entra en conflicto con una cultura y un sistema en el que el hombre, cómo el género por antonomasia, suele ser el centro de la discusión, y durante siglos los hijos han fungido como un símbolo de poder patriarcal, pues en ellos pareciera perpetuar su hegemonía, por medio de ellos deja ver su capacidad para trascender.

No tener hijos en realidad suele ser una decisión que dependiera de los hombres, pues son ellos los que hasta la actualidad suelen dictar la pauta sobre la reproducción en pareja, puesto que si una mujer no quiere tener hijos la juzgarán de insensible, inmadura y egoísta. No obstante, si el hombre es el que no quiere procrear no suele ser criticado, sino visto como un “espíritu libre” (lo que sea que eso signifique).

Para cambiar esta dinámica las mujeres tendrían que reconocer la Emma Bovary que llevan dentro, pero desde antes de parir. Tendrían que hablar sobre el miedo que causa pensarse madre y afrontarlo. Si bien es cierto que muchas mujeres que actualmente se encuentran en sus treinta han declarado abiertamente no querer tener hijos y han actuado con congruencia al respecto, también es cierto que son más las que los han tenido y llevan una vida de amargura, anhelando haber sabido desde antes que no los querían, o haber sabido que su vida cambiaría a tal grado al que no estaban dispuestas, y ya es irremediable.

Curiosamente, muchas mujeres perpetúan este tipo de situaciones, puesto que han sido educadas en la idea de que si se es mujer, se tiene que ser madre. Han quienes han interiorizado que para que un hombre las ame y se quede a su lado se le debe dar hijos, los que él quiera. Así es como muchas vieron a sus abuelas: criando decenas de niños y niñas, en una actitud complaciente con su esposo. Así es como se ha establecido que es lo correcto. Pero veamos realmente a las abuelas y preguntémonos quiénes eran ellas. No son o fueron solo abuelas, sino mujeres, pero nunca tuvieron la oportunidad de ser mujeres antes que ser madres y abuelas; esos roles les arrebataron su individualidad. ¿Quién era la abuela a un lado de sus hijos y de su esposo? Quizá nos da miedo responderlo, porque sabemos que no era nadie y quizá para ella estaba bien, tal vez eso la hizo feliz, pero ¿es lo que las mujeres en la actualidad quieren? ¿Si no es eso, entonces qué es?

Con motivo del Día de las Madres, es válido y necesario reflexionar sobre el significado de ser mamá y, sobre todo, el no desear serlo, porque desear, por más romantizada que suene su definición, desear implica querer algo con vehemencia, y eso no es algo que se genere por medio del amor de otro; es algo que debe existir en una y extenderse en lo ancho del cuerpo y la mente, dominarnos y llevarnos a hacerlo de manera plena, quizá con miedos, pero sin titubeos.