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Norma Galarza

Por Citlaly Aguilar Sánchez[author] [author_image timthumb=’on’]https://lacuevalobo.com/wp-content/uploads/2019/04/55532046_10157146333749855_3762082775075651584_n.jpg[/author_image] [author_info]Escritora y ensayista zacatecana [/author_info] [/author]

 

La Ciudad de México ha sido el escenario en el que se han llevado a cabo muchos de los sucesos más importantes de la historia de este país. Muchos piensan que esto es precisamente lo que hace de esa urbe una de las más avanzadas en la República en cuanto a políticas públicas y conciencia social.

En este sentido, en días recientes dentro de sus límites se aprobó que en las escuelas públicas los niños y las niñas puedan elegir entre usar falda o pantalón indiscriminadamente.  Sin embargo, aunque el hecho de que las niñas usen pantalón fue motivo de alegría, la posibilidad de que los hombres usen falda ha causado una serie de reacciones dignas de la Edad Media.

Usar pantalón ha sido algo común en las mujeres desde el siglo pasado, se dice que se regularizó más su uso cuando la mujer se incorporó al campo laboral, puesto que les permitía mayor movilidad. Desde ese entonces quedó evidenciada la desigualdad entre hombres y mujeres, puesto que, mientras la ropa de ellos les permitía hacer cualquier actividad, las vestiduras de mujer están pensadas en la exposición del cuerpo para contemplación del hombre.

Las prendas de vestir son un artefacto que no funciona desinteresadamente. Foucaultianamente hay que pensarlas como una imposición corporal, una manera de controlar y segregar. Por medio de estas se hace posible señalar diversos aspectos en las personas, que van desde el estatus socioeconómico hasta las preferencias sexuales. En lo que aparenta una simple tela encontramos ideologías e información de todo tipo. Por eso es importante leer en la ropa entre líneas y no olvidar que no es una segunda piel, sino un artilugio.

Si bien es cierto que, como indicaba Rafael Argullol, “la piel es la primera frontera”, también es cierto que hemos pasado mucho tiempo tratando de cubrirla, como si con ello lográramos realmente ocultar quienes somos. Pero el problema no es el ser, sino el aparentar. Es decir, poco importa si se es hombre o mujer, sino que la sociedad nos exige aparentar que eso somos, que solo tenemos esas dos opciones.

Es por eso, entre otras cosas, por las que una sociedad que siempre ha vivido bajo los preceptos patriarcales, en los que el hombre es la máxima figura, intocable y soberbio, pensarlo, y nada más pensarlo, con la posibilidad de vestir una prenda que socialmente ha sido reconocida como femenina, causa indignación y molestia, porque hay en esta imaginación una sensación del derrumbe de un ícono.

Mismas reacciones hubo en su tiempo respecto del uso del pantalón en las mujeres, incluso muchas de nuestras abuelas nunca han portado uno, puesto que tienen muy arraigados los roles de género impuestos, que ven en este una clara rebelión contra sus valores y sus deberes. Sin embargo, mientras que los roles se han ido desvaneciendo para las mujeres, para los hombres siguen siendo prácticamente los mismos.

Por eso resulta irrisoria la reacción de la exdiputada zacatecana, Iris Aguirre, del Partido Encuentro Social, de corte conservador, cuando clama que esta acción en los uniformes escolares trata de una imposición, que se debió consultar a los padres y cita el artículo 3 de la Constitución, puesto que esta implementación tiene más que ver con el ejercicio de la libertad que con cuestiones de otro tipo.

Se trata de que el cuerpo tanto de los niños como de las niñas deje de ser clasificado como si se tratara de mercancía, y sea visto con el respeto y la dignidad que todo ser humano merece. En ese sentido, la disposición indica que los estudiantes tienen la posibilidad de elegir con qué atuendo presentarse a clases, lo cual es ya es otra manera de educar en valores, en integridad y en conciencia de uno mismo.

Es comprensible que las personas de ideología conservadora estén en desacuerdo, puesto que el pensamiento conservador busca precisamente eso: conservar las antiguas formas como si siguieran vigentes, como si no fueran ya obsoletas. No obstante, urge cambiar nuestra manera de concebirnos en sociedad y dejar diferenciarnos los unos de los otros, sobre todo en cuestiones tan innecesarias.

Ojalá pronto podamos ver a niñas y niños libres, tomando decisiones importantes para ellos y por ellos mismos, y nos podamos ver a nosotros como sociedad, no solamente en la Ciudad de México, como aquellos que, aunque en contra, respetan la otredad y conviven con ella con amor, sin fronteras.