Marchas: el enfrentamiento al status quo

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Citlaly Aguilar Sánchez

No recuerdo la primera vez que fui a una marcha. Recuerdo que en mi niñez mi papá nos llevaba a toda la familia a protestar con los maestros por mejores sueldos, por mejores prestaciones contra Carlos Salinas de Gortari. Recuerdo que me gustaba gritar: “¡Por culpa del pelón, nos sacaron del salón”!

Me tocó nacer en una familia de clasemediera a pobre en la década del noventa, hija de un maestro de primaria, de un normalista, de quien aprendí a ser rebelde, a salir a las calles y exigir tal o cual cosa.

La última vez que salí a una marcha fue el pasado 8 de marzo, en razón de la conmemoración del Día Internacional de la Mujer, codo a codo con mujeres que, ante la mirada de los que salían a sus balcones o se paraban en las banquetas a señalarnos, reírse o escandalizarse ante los pechos desnudos de algunas, caminamos orgullosas de estar ahí, haciéndonos escuchar.

Nunca he participado de una pinta, quema o destrucción de algún edificio público ni privado, sin embargo, sé que cuando uno va entre la multitud se siente cierto poder, y además, protección. Uno se siente poderoso, como que puede hacer muchas y que estará bien.

Ante los ojos de los demás, los que no van ahí entre el conglomerado, eso está mal, para los demás uno tendría que complacer al Estado y acatar sus reglas al manifestar alguna inconformidad, no obstante, la desobediencia civil tiende a romper esa dinámica, tiende a causar incomodidad y a hacerle ver al Estado que las manifestaciones rompen con todo, transgreden, que incitan, que deben causar temor al Estado…

Salir a marchar sin violar las reglas del Estado, es seguir complaciendo al Estado. Salir a marchar y causar caos es una forma de demostrar el poder de la comunidad y su furia.

No es posible que todo mundo lo entienda así. Hay quienes no soportan que tiemble el statu quo, y al preferir que todo permanezca de la misma manera es optar por ser conservadores, es decir, de derecha. Pues tal como lo apunta Erich Fromm en su ensayo Sobre la desobediencia: “en este punto de la historia, la capacidad de dudar, de criticar y de desobedecer puede ser todo lo que media entre la posibilidad de un futuro para la humanidad, y el fin de la civilización”, es decir, si nos falta el espíritu crítico, nos falta la civilidad.

Al ver la transmisión en vivo de la marcha del 2 de octubre de este año en diversos canales de Facebook de periódicos locales, me llamó la atención ver la cantidad de comentarios de gente que decía que iban a transitar por el bulevar y atropellar a los estudiantes manifestantes.

Me llamó la atención en principio porque, la manifestación anual de esta fecha se hace precisamente para no olvidar que cientos de estudiantes fueron asesinados a sangre fría, ¿cuál es el razonamiento de alguien que publica que ahora, en pleno 2019, quiere matar a estudiantes solo porque están haciendo una marcha en memoria de los muertos en 1968?

Luego me pregunté por qué la gente se molesta tanto cada que hay una marcha, ¿por qué molesta más el tráfico que causa, unas horas de retraso para llegar a un trabajo que de cualquier manera se odia?

Desde luego que hay casos en los que se presentan emergencias médicas o de otro tipo, en los que las manifestaciones en masa obstruyen e incluso pueden llegar a causar, circunstancialmente, desenlaces fatales.

No obstante, una marcha no se hace con el fin de que un enfermo no pueda llegar a un hospital, y sin embargo, quienes demuestran su rechazo a las marchas sí acusan una intención consciente y malintencionada de matar.

No puedo pedir que toda la gente apoye y se sume a este tipo de movimientos sociales, ni que los comprenda; no todos crecieron con el ejemplo que yo tuve, ni en mis condiciones, y qué bueno. La diversidad de vivencias nos hace compartir y aprender.

Lo que sí se puede y se debe hacer es compartir puntos de vista, críticas y diálogos, para de esa manera proponer nuevas maneras de luchar por lo que se piensa. Y no solamente lanzar quejas a diestra y siniestra sobre aquellos que hacen las cosas diferente a como se acostumbran.