Los Tigres del Norte y la esperanza

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Citlaly Aguilar Sánchez

Quienes crecimos en la década del noventa en este país, crecimos acompañados de la música de grupos como Los Temerarios, Bronco y Los Tigres del Norte, porque en aquellos años en que los efectos del Consenso de Washington comenzaban a resentirse, y luego de la crisis económica del 88, la mayoría de la sociedad mexicana era de clase baja y estas agrupaciones musicales hablaban sobre eso: los problemas cotidianos de los clasemedieros.

Entre estos grupos, uno de los que tienen mayor trayectoria, sin duda, es el de Los Tigres del Norte, el cual sigue vigente y con una trayectoria ininterrumpida. Hace poco salió un documental, que está disponible en la plataforma Netflix, que fue grabado en la prisión Folsom, con motivo del cincuenta aniversario en el que Johnny Cash grabó allí su icónico disco. 

Este documental da cuenta de varias cosas, entre las que vale la pena destacar al menos  cuatro: la primera es la migración, puesto que, de acuerdo a la información declarada por los productores, el cuarenta y cinco por ciento de los internos en dicha prisión son latinos; muchos de los entrevistados declaran que están presos por haber robado, puesto que vivían en condiciones de miseria tanto en México, como en Estados Unidos. ¿Es condenable que una persona se vea obligada a robar debido a la pobreza sistemática en la que se encuentra? Valdría la pena reconsiderar si las condenas por este tipo de delitos se tienen que pagar igual que las de violación y homicidio, aunque, por tratarse de una cárcel de otro país, poco se puede apuntar al respecto.

La segunda es justamente la pobreza, es decir, los migrantes que están en Estados Unidos, y particularmente los que aparecen en el documental, dan cuenta de la paupérrima situación en la que sobrevivían tanto en México como en el país vecino, y que esta fue un detonante para que llevaran a cabo determinados actos. 

Si bien uno pudiera creer que una vez que estas personas emigraron al que se suele ver como el país de la abundancia, es perceptible que no todo es miel sobre hojuelas cuando se trata de pensar en el desarrollo humano de sus habitantes, a los cuales se les ve negado el acceso a, por ejemplo, un buen abogado en el caso de verse involucrados en un proceso penal, no se diga a una educación universitaria.

La tercera, aunque tangencial, es la aparente rehabilitación que se ofrece el sistema penal en Estados Unidos, puesto que, según afirman los entrevistados, en dicha prisión llevan diversas terapias que les permiten entender el proceso interno que lleva a alguien a cometer un delito y no solo eso, sino resarcir el daño al menos a nivel psicológico y espiritual. De igual manera, aunque la cárcel es un encierro también en aquel país, las condiciones de higiene y distribución de espacio parecen menos horribles.

Esto llama la atención en comparación con el sistema mexicano, puesto que acá la justicia es punitiva, con cárceles que lejos de plantear la posibilidad de que el interno se recupere y pueda ser reintegrado en la sociedad, le afirman que es alguien que no merece una vida digna y lo enferman hasta afirmar irremediablemente aquello por lo que ingresó en la institución.

En México, lejos de que un criminal al salir de su encierro pueda volver a actuar como un ciudadano común, salen con sed de venganza, buscando comprobar que son aquella lacra social que las cárceles les han enseñado a reforzar.

Finalmente, la cuarta, que es la música de los Tigres del Norte habla justamente de los tres temas ya mencionados. Al menos cada una de las letras de las canciones intepretadas adentro de dicho recinto es una exposición de aquel que siendo un migrante, pobre y sin posibilidades de readaptación lo único que tiene es la poesía, es decir, el canto, en el que encuentra cierto consuelo, cierta fe y cierta esperanza.