Las palabras de Paz

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Por: Gabriel Rodríguez/La Cueva del Lobo.

Ayer, de modo muy elemental, intentamos acercarnos al pensamiento político del maestro y escritor Octavio Paz, actitud la nuestra muy humilde, cuando sobre el poeta y ensayista se han escrito tratados completos para analizar su obra.

Porque luego de más de 60 libros publicados, Paz sigue siendo un enigma para los mexicanos, sobre todo ahora que vivimos una época en la cual leemos menos de un libro al año, y nuestros niveles culturales rozan episodios de lamentable abandono cultural.

Para colmo, en los políticos que nos gobiernan, como en el lamentable caso del presidente de la República, hay nubarrones de ignorancia que hubieran sido imperdonables en otro tiempo.

Y lo que es peor, sobre la propia cultura habría prejuicios de toda índole, como el hecho de haber desaparecido el Premio Carlos Fuentes a uno de nuestros más preclaros escritores e intelectuales, por la cita aquella, realizada por el propio Fuentes de que “Peña Nieto puede no leerme si no quiere, pero a lo que no tiene derecho es a gobernar un país sometido a tantos problemas”.

Paz opinaba lo mismo que Fuentes, de hecho eran amigos cordiales que habían compartido juntos muchos de los ideales de la libertad humana, para no ser sometida al arbitrio del socialismo pero tampoco para ser negada por el egoísmo capitalista que todo lo mira bajo la perspectiva económica y monetaria.

En parte por ello, pero sólo en parte, Paz escribe a fines de los 50 uno de sus ensayos más pasmosos en El laberinto de la Soledad, texto en el cual explora lo que él mismo concibe como la forma de ser del mexicano.

En él, el autor explora algo que muchos otros sociólogos y estudiosos de la mexicanidad, incluido Samuel Ramos, para empezar en el siglo XIX, habían pasado por alto.

Paz dice que el mexicano esconde su ira, su rabia, su frustración y su coraje detrás de sucesivas máscaras, que le imposibilitan de manera eventual, mostrar su propia identidad.

El mexicano se escuda, detrás de ellas, una tras otra, porque piensa que si exhibe su dolor, o la cantidad de su insatisfacción o su agónica tristeza, se expone a recibir un revés. Por eso se muestra cortés cuando en realidad quiere decir que odia a quien la ha causado un desaguisado, ríe cuando en realidad piensa que lo mejor sería tumbarse a llorar en el lecho, presa del desahogo y el remordimiento.

Detrás de su llanto hay una infinita desgracia cósmica que, de acuerdo con al autor, rondaría los linderos de la propia cosmogonía mesoamericana, con sus mitos lunares y sangrientos sacrificios de un alma que intenta por todos los medios, pero que no puede, cristalizar en un guerrero maya convertido en mariposa.

Paz lo expresa así, una y otra vez en términos poéticos, porque intuye (esa es la palabra correcta) que el mexicano y la mexicana no pueden declarar todo el tiempo que ser “hijos de la chingada” sería la condición sine qua non para sobrevivir en México.

Por eso, dice que en nuestro país no importa quién seamos, si de arriba o de abajo, todos aquí somos hijos de la chingada, herederos directos de las indias que fueron violadas y sometidas por la brutal violencia de los conquistadores.

Asimismo, declara que en México en realidad no importa el trabajo, como tampoco importan las ideas ni la inteligencia, sino solamente ser “más vivo” que los otros para someterlos a ese arbitrio o a la serie de arbitrios de los poderosos, de los dominantes, de quienes han ganado, por la fuerza, la partida. Es luminoso cuando declara, por ejemplo en El ogro filantrópico, que Estados Unidos nace con el surgimiento de las 13 colonias de la costa oeste para convertirse en una nación poderosa, llena de inversiones, capital, salud, educación y medios económicos propios de la riqueza.

En México no fue así, nuestro país nació como producto de una cultura semifeudal, católica, estructurada conforme a ciertos patrones imperiales jerárquicos en donde dominaba la idea del abuso sobre las vastas bases sociales que incluían en parte a los mestizos, los indios y todos los grupos sociales en los que se sustentaba esa pirámide.

Luego de más de 60 años de esos dos textos prodigiosos, en los que Paz jamás pretende ser complaciente, en el momento actual encontramos no solamente confusión sino una gran incertidumbre, la del México actual que se debate en una enorme violencia. Mientras la pobreza y la desigualdad crecen aquí, nuevos ricos surgirán en otras áreas bajo la protección de la política mexicana, cuya más grande barbaridad es el hecho de que los delitos siempre queden impunes, sobre todo para quienes gozan de la protección del caótico estado de cosas.

¿Será que en México seguimos todos poniéndonos sucesivas máscaras, o bien que, en realidad (habría que decirlo), no hemos dejado de ser unos hijos de la chingada…?