La Previa

AUTORIDADES Y ARTESANOS DE ZACATECAS REVISAN EL PANORAMA Y LAS POLÍTICAS PÚBLICAS DEL SECTOR
02/03/2017
El 2018 pondrá en juego la capacidad operativa de Alejandro Tello
06/03/2017

 

Por Daniel Medina Flores

“olé, olé, olé.; olé olé, ole´, olá; olé, olé, olé cada día te quiero más. Yo, yo soy  […] y es un sentimiento que no acabará”

Vas caminando hacia el estadio y lo escuchas. Los cánticos en la calle, lo haces porque estás con ellos, por ir a su lado. Todos van a pie hacia el allá, así es la tradición, así lo marcan las leyes no escritas del futbol, una barra llega caminando y cantando al estadio. Ya alienta desde antes. Sientes los gritos y los replicas buscando con ello una mayor integración, que sea parte de ti pues desde que tienes memoria siempre has vestido esos colores.

“¡Dale oh, dale oh, dale […] dale oh!”

Y tratas de recordar, ¿por qué los sigues? ¿Por qué tus colores son esos? te viene a la mente la imagen de tu familia, descubres que nadie vestía así, en tu casa eres el único, entonces, ¿por qué los sigues? ¿En qué momento cruzó por tu mente la idea de ir en contra de la tradición familiar? Mientras ellos apoyan al […] que gana todo y es común verlo levantar trofeos, tú está con […] y la constante es el sufrimiento, el salvarse del infierno, cada fin de semana esperar un milagro.

“Nos quedamos en primera. […] es de primera, es de primera”

Piensas que quizá sea cierto, apoyar a un equipo es decidir cómo se vive, es soportar 90 minutos de tu vida en agonías, en tristezas, en sufrimiento que pocos convalecientes soportarían ¿Quién vive tranquilamente 90 minutos cuando la defensa parece coladera? Recuerdas los juegos, como la delantera llega y falla frente a la portería, como dan errado el pase final, y mientras los demás meten goles y hunden a tu equipo.

1-3; 0-4; 1-2; 0-5; 1-6. Y cada derrota es una muerte para ti, una cruz que cargar durante la semana esperando que la próxima ocurra el milagro. No ocurre, siguen los sufrimientos. Sin embargo, continúas con ellos, se queman y sigues ahí, cada fin de semana te sientas en el estadio o frente al televisor para sufrir. Escuchas a Montes justificar la escasez de goles cada lunes, a González aceptar la crisis pero remarcar que aún hay salvación.

“[…] te venimos apoyar, la hinchada está loca, hoy debemos ganar”

Ganar. Una palabra que pocas veces sale de tu boca pero luego de las jornadas desgastantes te encuentras con ella de forma frecuente. Llegan las victorias y lo que parecía imposible, ya sea por la suerte o el favor de los dioses del futbol, se hace realidad. Sientes escuchar el, “si se puede” la ilusión te regresa, ves como los feligreses regresan animados, con energía recargada para apoyar, se han reconciliado con ellos.

2-1; 3-0; 1-0; 4-2; 1-0.; los goles que antes no entraban caen, los cabezazos que iban a las manos del portero ahora entran en la red, los pases errados ya son perfectos, todo está marchando bien, todo parece encaminarse fuera del sufrimiento. Y cuando están a punto de salvarse, cuando las llamas ya no se sienten llega esa jugada, ese gol que debió caer pero no fue así, el que daba la ilusión completa pero no quiso entrar. Y el gol que se falla se convierte en gol en contra porque la ilusión de la victoria queda incompleta. Ves el marcador:

1-1; sabes que se quedaron a un gol de salvarse. Pero aún falta un partido en casa, la salvación o el infierno. Por eso caminas junto a ellos, por eso cantas, por eso vistes esos colores porque siempre hay esperanza, porque irle a ellos significa estar cada fin de semana unido a tus cábalas, sufrir, sí, sufrir pero siempre tener la esperanza, que se haga lo imposible porque ¿qué se puede perder? Si son derrotados es de esperarse, no tienen la plantilla de los poderosos, ellos como tú luchan siempre abajo, desde abajo aspirando a derribar a los de arriba, luchan por no quemarse, ¿y si ganan? Es la gloria, lo impensable se realiza, adiós a las cruces, a los rezos, a las tragedias de la semana esperando que se repita de nuevo, buscando el milagro. Eso es lo que te alimenta, lo que te mantiene aquí: la esperanza. Eso te trae aquí caminando y cantando con ellos.

Doblan la esquina y ahí está, levantándose frente a ti, el hogar donde sufres y te alegras, donde ríes, cantas y lloras. Escuchas su rugido y esta vez es más imponente porque todos regresaron para este día, sientes un aire diferente y tu cuerpo sabe que el momento tan esperado está llegando.

Quieres estar ahí, quieres ver lo que pasa y tienes toda la esperanza de que será un día para recordar aunque una pequeña voz dentro de ti te advierte que se puede repetir lo que ocurrió hace dos temporadas, te dice que no te alegres de más porque se pueden ir nuevamente, ya lo han hecho muchas veces pero hoy estás convencido de que no será así, hoy ganan, hoy las llamas se apagan para todos.

“Vamos, vamos  […] esta tarde, tenemos que ganar”

Esperas en la formación y cantas con ellos, unes tu voz porque con eso puedes hacer un rugido aún mayor, porque alentando al equipo desde ahora sabes que puede servir, que ellos lo escucharán y sus corazones se animarán.

Los tambores suenan y las banderas se agitan cada vez más. Los alrededores del estadio están congestionados con personas que llegan, traen sus playeras, presumen sus colores, hoy se sienten orgullosos y quieren que todos sepan, que sepan que apoyan al equipo, que tienen la confianza de salvarse.

Hace unas semanas el ambiente era diferente, un estadio casi solo, con goleadas que difícilmente vaticinaban una salvación. Pero el futbol tiene sus modos, es caprichoso y puede darte días oscuros, días sufridos donde “somos los peores”, después cambiar todo completamente y alegrar el ánimo, comenzar a ganar y meter goles que cambian las voces: “Es de primera […] es de primera” los convierte en los mejores contra quien les pongan. Así es el futbol, un día eres el peor de la liga y al siguiente te puedes salvar aunque juegues contra el Real Madrid.

“El empate el día de hoy no sirve”, escuchas una voz y volteas buscando al autor de esas palabras, buscando aquel que habla mal del equipo, el que echa la mala sal antes de que inicie el juego. Descubres que es un comentarista, alguien escucha a través de un radio la previa del partido. “fueron cinco victorias contundentes pero no sé qué tanto afectará al equipo esa falla de Montes, era el gol que salvaba definitivamente el equipo. Espero no equivocarme para los seguidores de […], pero el error de Montes puede costar. El futbol cobra caro la factura por esas jugadas”

Escuchas las mentadas de madre de los que están cerca, la indignación por la forma en que hablan de desastres que no han ocurrido, por hablar del descenso antes de tiempo, por querer ver al equipo en segunda. No lo dijeron directamente pero esas palabras estaban dirigidas a la idea del infierno, de las llamas quemando al equipo. “¡Y este qué va a saber!” dice uno de tus compañeros, “Nada más narra pero no ha estado jamás en un partido como jugador, ya quisiera ver a este pendejo metiendo los goles que hizo Montes”.

Los comentaristas podrán decir misa, podrán hablar y hablar pero cuando esas palabras van hacia las figuras del equipo simplemente es inaceptable, el aficionado pude reclamar al jugador, puede destrozarlo por su rendimiento, por fallar la jugada sencilla, por no dar el autógrafo o cualquier otra cosa, pero no el comentarista, él no tiene el derecho de decir algo, el narra el partido, él cuenta lo que ocurre en la semana pero hasta ahí.

No puede meterse más, no siente la desgracia de un equipo que pierde o que está cerca del infierno. Atacar a un jugador puede ser como atacar al equipo, como atacar la forma de vivir el futbol, de sufrir cada fin de semana. Y ese calvario solamente es para los que siguen al equipo.

Caminas rumbo a la entrada entre cánticos, sonidos de tambores, banderas agitadas. Ves a la gente, a los vendedores de comida. Ves como compran la “chela” y como ésta corre a través de su garganta. Pasas junto al granadero y observas como catean todo, no tiene delicadeza, esculcan todo y a todos: hombres, mujeres, los pocos ancianos que van e incluso a los niños. ”Pinches cerdos”, escuchas a otros de la barra “¡estudiar, aprender para puerco nunca ser!”

Los escuchas y les das la razón, porque son ellos los que golpean, los que intentan intimidar, los que provocan. Se sienten con un gran poder pero no son más que peones de los de arriba. Y sí, nunca falta el “hooligan” de la barra que sólo quiere ver sangre y desmadre, tú tampoco lo quieres porque  no representa lo que es una barra, no representa lo que es el futbol pero los cerdos no distinguen entre aficionado y porro, ellos son robots, sólo obedecen sin pensar, sólo golpean.

Y los comentaristas son iguales. Ellos ven, como los granaderos, a todos de la misma forma, a todo aquel de la barra lo ven como un desadaptado y en sus espacios deportivos no se tientan para desacreditar a las barras, para vender la imagen de que son violentos cuando no es completamente verdad, la barra no es violenta, el violento es aquel porro que no entiende el futbol, que busca el futbol para violentar a los demás, para tratar de sacar todo su estrés sin entender perfectamente las cosas.

Ellos, junto al policía y el comentarista que descalifica por descalificar, realmente nunca entendieron el futbol, ni lo entenderán porque nunca sintieron esa adrenalina que significa apoyar a un equipo, celebrar el gol. No entiende bien lo que es apoyar a un equipo, estar en las buenas y en las malas.

No saben que irle a un equipo es vivir como él, vivir esperando ese milagro, tratar de construirlo diario y cada determinado tiempo, un fin de semana, poner a prueba para enfrentar las posibilidades de lograr el sueño; no entiende que el aficionado le va a un equipo porque decide elegir ese estilo de vida.

Y quizá el equipo te elige a ti no tú a él. No le vas al equipo chico porque tú seas chico, le vas porque lucha contra los gigantes, contra los que lo ven como inferior. Luchan siempre por sobrevivir contra el que parece pisotearlo siempre y, ¿si le ganan al de arriba? ¿Si lo tumban de su lugar? Ningún rival es pequeño, ninguno estará arriba siempre. Ellos no lo entienden, por eso el policía sólo quiere golpear, por eso el hooligan quiere beber cerveza y sangre correr, por eso el comentarista, por más que le vaya a un equipo, no puede estar con el aficionado durante los 90 minutos.

Entras en el estadio y respiras otro viento, sientes que estás en otro mundo, todo aquí se transforma, la vida cambia por 90 minutos. Los dioses del futbol te reciben pero debes pagar un tributo para poder pisar suelo sagrado, suelo que no cualquiera podría tocar y mucho menos entender.

“Dale oh, dale oh, dale […] a la salvación. La hinchada espera, la hinchada juega, la hinchada espera que seas de primera”

Y ahora te mueves con ellos y se apoderan de la cabecera norte, desde ahí será colocado el bastión donde cantarán, donde gritarán, donde mentarán madres y sobre todos, donde esperarán el milagro de cada jornada pero esta vez está cargado de incentivos mayores: el milagro de salvarse del fuego.

Cantas, brincas y aun ni siquiera ha comenzado el partido pero tú ya sientes la adrenalina en el cuerpo, el nerviosismo, ¿qué mejor forma que alentar? Sigues cantando y los ves salir del túnel al campo, se acerca el momento.

“[…] te venimos apoyar, jugadores pongan huevos y en primera seguirán”

Suena el silbato y ahora tu cuerpo se llena de nervios, la felicidad de esta semana se jugará en 90 minutos.