La muerte de aquél

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Por Simitrio Quezada

 

OCTUBRE 2005: 2do. Lugar. Concurso Nacional de Cuento Humorístico “Así es mi México”. Grupo Reforma, México, D.F.

Lázaro Loera ideó el golpe mientras enterraban a don Abundio. El panteón de Huanusco nunca había recibido a un difunto con tantos anillos y cadenas: hasta el fijacorbata lucía un brillo adiamantado. No podía esperarse menos del norteño que cuando fue presidente municipal llegaba con mezcal y tamborazo a saludar a quienes hacían fila en la oficina de Agua Potable. También se había hecho famoso por construir una réplica del kiosco del pueblo en el patio trasero de su casa en Delano, California, donde por años fue contratista de la pizca de uva.

A las 11:17 Lázaro brincó la pared de piedra. Esquivó las tumbas más antiguas y casi cayó al tropezar con una minúscula cruz de cemento en la sección de los niños. El olor de los claveles aún alfilereaba el aire: por eso le fue más fácil encontrar el promontorio.

¿Cómo había muerto don Abundio? Después de recibirlo en el aeropuerto de Guadalajara, los pizcadores pensionados le ofrecieron en el pueblo costosa comilona con carnitas y chicharrones. En la última sílaba del verso “pero sigo siendo el rey” se llevó la mano al pecho. Cuarenta minutos después el primer sobrino declaraba que su tío siempre quiso ser enterrado en el pueblo; el segundo pensaba cómo aplacar a las amantes que ambicionaran tajada por los terrenos.

La cuarta loza fue la más difícil para sacar. Lázaro tomó tres descansos entre las casi dos horas del desentierro. Y violar la chapa del ataúd. A Don Abundio le aplicaron demasiado rímel. Así muerto se veía más gordo.

Quitar el fijacorbata fue lo primero. Siguieron los seis collares, los cinco anillos delgados en anulares, meñiques e índice izquierdo, la esclava, las mancuernillas y el prendedor dorado “Federación de Migrantes Zacatecanos”. Faltaba lo más vistoso: el anillo grueso, el de rubí. Parecía granote de granada sobre cuerito amarillo.

Se esforzó para separar las manos cruzadas. Ese dedo índice derecho estaría muy engarrotado o eran los nervios de Lázaro. Pujó para jalar: jaló y volvió a pujar. Cuando al fin tuvo el anillo sintió un movimiento en las costillas del cuerpo sobre el que estaba montado.

Al levantarse por el susto, la joya cayó a un lado de la cintura del cuerpo. ¿Todos los difuntos comenzaban a descomponerse con esos movimientos? El traje Wrangler le pareció más chillante. Se inclinó por ese anillo y entonces escuchó un jadeo y sintió el apretón en su muñeca.

Lázaro no supo cómo trepó entre la tierra floja y menos cómo alcanzó la barda del panteón. Acostado dentro de su cuarto, veinticuatro minutos después, continuaba temblando y sin emitir sonido.

A las 7:18 de la mañana, totalmente recuperado del infarto y la confusión, don Abundio difundió las señas para encontrar a quien dio por llamar su “buen ladrón”. Le agradecería esa segunda oportunidad con el anillo y la cuenta bancaria que dos meses antes había prometido a sus precipitados sobrinos.

La abuela del huérfano Lázaro Loera le abrió desconsolada, llorando por la muerte del nieto a quien había matado un susto del que ella nada sabía.