La lucha femenina, imparable en los albores del siglo XIX

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Por Gabriel Rodríguez Piña

Pasma el movimiento social de protesta femenina a nivel mundial; al menos en México, muchas de las militantes del incipiente proceso de inconformidad se han ido al extremo: vandalizan, destrozan, hieren o saquean.

Un contigente de enconadas proabortistas, dispuestas a capar al macho que las afrente sexualmente, eyectan en las caras de algunas jóvenes católicas  que anudadas de las manos cercan con sus cuerpos en un afán de proteger la catedral, ésas sí, hijas de Dios.  Que el recinto clerical encubra, como siempre lo ha hecho, una falsa moral que ha pasado por alto la violación de menores, monjas y diáconos desde hace décadas en todo el orbe católico.

Y qué esperábamos, pues cuando los soldados españoles llegaron a las tierras de América, que se sepa, ninguno de ellos tomó por esposa a las indias de las distintas culturas alrededor del Anáhuac. Octavio Paz lo precisa muy bien en El Laberinto de la Soledad: las violaron a todas. Por eso en México, todos somos hijos de la chingada.

Tal fue nuestro nacimiento como nación mexicana en el siglo XVI, un macho católico dominante que vino a penetrar por la fuerza a nuestras madres, hermanas e hijas. ¿Cómo negarlo?

Cuántos ranchos no hay en la superconservadora entidad en los que abuelos, padres y hermanos mantienen como norma el violar niñas y nadie, dentro de esos circuitos familiares se atreve a levantar la voz para denunciar hechos que forman parte de una serie de usos y costumbres que ningún político se ha atrevido a doblegar con las herramientas de la ley, no sea que se despierte el monstruo de nuestras endebles moralidades.

Ese monstruo feroz que, vivo y refortalecido ante los instrumentos más poderosos con los que contamos: un collar de cuentas y agua bendita para exorcizar los males, pretende atajar los gritos de niñas secuestradas y mutiladas, desolladas y asesinadas en el lugar sin límites, donde nunca pasa nada, y que forman parte de una calma chicha de conservadurismo rancio en el que, en incontables casos, las mujeres coparticipan coludidas porque, qué dirán de mi: que soy puta, que me atreví a romper todos mis tabúes o porque una realidad hija de la chingada me impide ganar lo que debo, puedo y quiero, o bien, si quiero mirar alto, no va a faltar el monstruo que pida saciar en mí mi intimidad, porque de otro modo, jamás lo lograría.

Por eso los organismos públicos las condenan, les escatiman los recursos para sus malestares físicos ingentes, les restan credibilidad en los ministerios: son mujeres, ceden fácil a las tentaciones de la carne, mientras una plaza ciudadana se inunda de rezos para que las mujeres dejen de abortar y, como diría Carlos Monsiváis, contribuyan de esa manera a repoblar un estado en el que nada funciona, ni la economía, ni la educación ni el derecho. 

Atrasado entre los atrasados, esperanzado en el advenimiento del mesías mecánico que lo saque de sus dependencias ancestrales con la venia del señor y de las clases políticas incultas y torpes que obstruyen su legalidad.

El movimiento feminista mundial apenas empieza, detalla el maestro Enrique Krauze, y dará mucho de qué hablar; no me compete a mí juzgar sus alcances, estoy incapacitado para eso. Pero sí puedo hablar por todas las niñas que no pueden estudiar de modo adecuado porque en sus casas no hay recursos suficientes para ir a la escuela.

Porque no deben estudiar, sino atender a los hombres de la casa, dejarse seducir, toquetear, extorsionar, violar y asesinar.

Un circuito de terrores recubre el mundo entero, que ya nada tiene que ver con un marxismo que no es el de pacotilla de los izquierdistas que eligen vivir en Bernárdez porque hacerlo en la Díaz Ordaz los desprestigiaría, y que corre por el mundo como un lamento desgarrador, desde los prostíbulos de niñas en Tahití hasta los laboratorios feminicidas latinoamericanos.

El proceso es imparable, mucho me congratulo de que el XXI sea, de plano, el siglo de las mujeres, de nuestras hermanas y madres muertas y vivas que se niegan a seguir inmersas la pesadilla que las ha tenido amordazadas desde antiguo porque los hombres las temen.

Hay una risa involuntaria en todas las estructuras de poder, desmoronándose palmo a palmo conforme avanza el siglo actual. Creo que esta vez no lo van a soportar. Ya lo vimos, son unas furias desatadas. 

Fotos: Karla Zapata y Cristela Trejo.