La juventud ante la pandemia; entre la depresión y la incertidumbre

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Citlaly Aguilar Sánchez

 

Cuando leí El extranjero de Albert Camus me conmovió sobremanera la descripción del protagonista sobre su encierro en la cárcel. Es bien sabido que el escritor argelino tiene un tono deprimente característico, sin embargo, las crónicas que se hacen del gran confinamiento me han hecho estremecer de tristeza mucho más.

Todos extrañamos la rutina antes del Coronavirus, extrañamos eso a lo que llamamos normalidad. Todos quisiéramos volver a esa cotidianidad. Y justamente ese anhelo es lo que hace más larga la espera. Si tan solo pudiéramos quedarnos conformes con la idea de que este aislamiento social no tiene un fin, como lo hizo Meursault, entregándose a un destino fatal. Pero nosotros seguimos jalando una cuerda que nos quema las manos porque creemos que en algún momento nos traerá lo que tanto deseamos.

En la actualidad, para los jóvenes el encierro voluntario ha sido una verdadera tortura camusiana. De hecho queda en entredicho eso de “voluntario”, porque se siente como una obligación irrefutable. Lo es. Y no se alcanza a veces a comprender el objetivo, porque el agotamiento mental y emocional parecieran más mortales que un virus. Cuando el subsecretario de salubridad sonríe y pide amablemente: “quédate en casa”, como si fuera algo de lo más sencillo, los jóvenes observan por la ventana un mundo en el que no ocurre nada y la lógica es: si no ocurre nada, nada nos ocurrirá si salimos.

Luchar contra un enemigo invisible ha sido uno de los retos más difíciles a los que nos hemos enfrentado todos en lo que va del siglo XXI. Ese enemigo a veces es una enfermedad que nos ataca fisiológicamente, que colapsa los sistemas de salud y económicos mundiales; otras veces es un miedo insoportable a la muerte, a la pobreza, a la soledad; otras veces es un cansancio terrible a la interminable repetición de días idénticos…

¿Por qué cada día es más pesado quedarnos en casa? A veces pienso que tiene que ver con la cultura familiar mexicana, tan exenta de afectos y de una comunicación eficaz entre padres e hijos; que tiene sus raíces en la violencia doméstica; que nos confronta con la pobreza de valores en la que crecimos y que no queremos afrontar. También considero que las redes sociales nos encarcelan aún más, porque nos muestran un mundo de opiniones que lejos de dar pauta a la liberta de expresión, solamente exacerban las discusiones sin sentido y se hace más difícil realmente compartir espacio; además, nunca falta que seamos seguidores de influencers, quienes nos muestran una cara totalmente diferente del encierro: ellos en sus enormes casas con acabados cromados, con sus enormes jardines con piscinas y árboles, con sus historias de viajes, con sus comidas gourmet diarias… nos dejan ver que esta casita del Infonavit en la que vivimos, este piso rentado, esta vivienda en colonia popular no es un lugar saludable para pasar más de dos meses encerrados.

Mientras este gran confinamiento tiene lugar en las vidas de todos los seres humanos que habitamos el planeta, también se desarrolla la gran depresión económica que, a diferencia de la de 1929, aparte de heredarnos una recesión  de grandes magnitudes y consecuencias graves, también tiene un impacto psico-emocional que se está dejando de lado con mucha indiferencia.

Esta gran depresión nos comprueba, una vez más, que para el sistema en el que nos desenvolvemos nunca han sido ni serán importantes las emociones para el sano desarrollo de una sociedad, que no importa que la gente viva hacinada, que no tenga que comer, que sea violentada de una y mil maneras ni los efectos que esto tiene en la salud psíquica. Para los Estados es y será más fácil pedir que nos quedemos en casa y obligarnos a ser resilientes que realmente proponer una dinámica en la que la salud pública sea integral y gratuita para todos.

En ese sentido vuelvo al personaje de Camus y entiendo su desesperanza por todo, su entrega al desasosiego y su incapacidad para sentir una explosión de sensaciones abrumadoras: no nos está permitido tenerlas…