La gran decepción

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Norma Galarza

Hace días leí un post en Facebook que decía -a grandes rasgos- que quienes de alguna manera criticamos a Andrés Manuel, extrañamos las administraciones del PRI o los desastrosos 12 años del PAN. Yo creo que no.

Más bien, lo que detestamos de la actual administración es su tendencia a mimetizarse con las prácticas del pasado pero aferrándose al discurso de que se es diferente.

Y es que, muchos de los que votamos por AMLO en 2018 lo hicimos convencidos de que queríamos un cambio o al menos una administración que sentara un precedente para la vida política futura de México.

Algunos soñamos con que el grupo político que llegaría al poder, era de avanzada. Teníamos cifradas esperanzas en que López Obrador se rodearía de intelectuales, de expertos en cada materia, y lo más importante, que sería un líder que escucha, que analiza, no un fan de closet de los regímenes absolutistas.

Los románticos,  nos tragamos el cuento de que había una real intención de hacer ciertas cosas de manera diferente, pero no esperábamos la cerrazón de querer implementar nuevos programas solo por la necedad de enterrar todo el pasado acusando corrupción en lugar de enfrentarla, sin importar que hubiere cosas rescatables.

Me cuento entre las personas en las que el actual Presidente tuvo una defensora apasionada, no tanto porque me tragara el cuento de que él era la panacea para el país, sino porque me sentía asqueada de las practicas deleznables de las administraciones pasadas.

Pero al año de gobierno entendí que de la ola de reciclajes priistas, panistas y demás mestizaje que integran a los emisarios de la  Cuarta Transformación, no se puede esperar resultados diferentes ya que quienes ahora  ostentan el poder son los mismos de siempre con las mismas ambiciones reducidas a las motivaciones de siempre; más poder y más dinero.

No se pueden esperar resultados diferentes cuando quien encabeza la cacareada transformación no tiene la talla de un buen líder que presta oído a la queja del pueblo lo mismo que el halago y pone a ambos en una balanza. La 4T carece del liderazgo capaz de entender que la soberbia nunca es buena consejera, que hay que  abrirse y corregir los errores,  no aferrarse a ellos.

Muchos creíamos que la administración actual, sería un parteaguas y ahora estamos decepcionados. Y no porque no se hayan hecho cosas buenas, como algunas políticas públicas y  leyes nuevas para hacer a México más justo, el problema son las cosas que se siguen haciendo igual. En este gobierno existen lo mismo que en el pasado, los conflictos de interés –pregúntele a Bartlett-, la misma costumbre de medrar con el hambre para afianzarse políticamente -eso sí ahora se niega jurando con la mano en el pecho-, como se hace con los programas asistencialistas que son la principal vértebra del  presente gobierno.

Se reconocen las acciones que ha implementado este gobierno, ciertas iniciativas que legisladores del partido del Presidente han votado a favor, pero para hacer historia hace falta mucho más que una visceral ambición por quedarse en el puesto en el próximo proceso electoral ¿Somos melancólicos del pasado los que criticamos a quien se mudó de Los Pinos a Palacio Nacional? No. No se trata de recuperar tiempos añejos de gobiernos impresentables.

Se trata de no repetirlos,   López Obrador quiere que pensemos que es inmune a las aguas negras del pantano político, que pese a haber vivido toda su vida de esa actividad sus ropas siguen níveas, pero a la vez conserva prácticas que él mismo repudia en la retórica. ¿Qué tenemos al Presidente más honesto de todos los tiempos? Quizá al más hábil para crear un personaje, es posible que al mandatario no lo domine el lívido por hacerse de riquezas, pero no es inmune a solapar esas prácticas en sus más cercanos colaboradores.

 El mandatario puede presumir que no es corrupto, que no se ha enriquecido del erario ¿Pero cuantos de los que se sientan en su mesa pueden presumir lo mismo? Además, quizá el peor defecto del actual mandatario, no es la corrupción sino la necedad y eso puede resultar igual o peor de dañino para el país. Él, pese al escenario adverso que le plantea el coronavirus, insiste en construir elefantes blancos solo porque empeñó su palabra y primero muerto que fallar a ella. Santa Lucía, Tres Bocas, El Tren Maya, son obras postergables en este momento de pandemia y crisis económica por parálisis de toda la actividad.

Y muchos podrán justificar sus caprichos diciendo que Felipe Calderón o Enrique Peña gastaron muchos millones de pesos más en darse lujos inmerecidos. Pero también dilapidaron nuestros recursos en obras innecesarias (como la Estela de la Luz de Calderón) como lo pretende hacer en actual mandatario sin pensar en que no es momento de destinar recursos a esas obras ya que el país se acerca una crisis económica de grandes magnitudes.

Los que votamos por él jamás pensamos que la 4T tendría similitudes varias a sus antecesores y no criticamos a la presente administración porque simpaticemos con Peña Nieto o Felipe Calderón, es solo porque esperábamos más de un personaje que esperó 18 años para llegar al poder.

La gran decepción que hasta el momento muchos sectores de la población empiezan a sentir por Andrés Manuel, se debe en mayor medida, a las grandes expectativas que se pusieron en su administración sin aquilatar que los personajes que  tomaron las riendas del país hace ya casi dos años, no tenían ni idea de que gobernar era mucho más que solo demagogia.