Joker y el terror de nuestro día a día

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Citlaly Aguilar Sánchez

Todos los que hemos salido del cine después de ver la película de Todd Phillips, Joker,  abrimos Facebook con la encomienda de dar nuestra opinión. Y qué bueno. Finalmente de eso se trata, de poder hablar, comentar y retroalimentar cualquier tema libremente. ¿Qué sería de la vida sin eso?

Esta película, narrada con cielos cerúleos, luces ámbar y fondos de un profundo verde, pareciera, en primera instancia, que es el retrato de alguien con una enfermedad mental, que el objetivo principal es mostrar las dificultades por las que atraviesa. Luego, podría pensarse que más bien es la génesis de un villano. En ambas posibilidades, la cinta sería un cuadro intimista del personaje central, magistralmente interpretado por Joaquin Phoenix, quien es experto en este tipo de actuaciones, lo comprobamos en su papel en Her.

Sin embargo, me parece que en realidad se trata de un filme de terror. ¿No experimentaron horror al empatizar con Arthur Fleck? ¿No temieron cuando, de repente, desearon que él se vengara por todo lo que le ocurría? ¿No sintieron al menos un ligero escalofrío cuando, internamente, sintieron placer con la penúltima escena?

Es una película de terror por dos razones esenciales: la primera, porque despierta en el espectador sentimientos tan profundos como oscuros… A manera de las Narraciones extraordinarias de Edgar Allan Poe, en las que el lector se identifica con el asesino, este terror es uno mucho más palpable que el que se experimenta con los relatos de tipo fantástico; lo ominoso en Guasón es aquello que se esconde en lo más profundo de uno mismo, lo cual tiene todo que ver con la segunda razón: el discurso cinematográfico de este filme expone la crudeza del mundo actual, en el que la desigualdad de oportunidades, la asimetría en el reparto de riquezas, y, sobre todo, la repulsión hacia los menos favorecidos son las condiciones que imperan.

Todos sabemos que esto está mal, y no en un sentido moral, sino ético y espiritual. Sabemos que no somos felices, que quizá nunca lo seremos. El Guasón es la representación fiel de esa imposibilidad, pues su risa, involuntaria e incontenible, es en realidad una forma de manifestar la insatisfacción.

Se trata de un filme de terror en el que, a diferencia de la típica lucha entre el bien y el mal, hay una confrontación entre la riqueza y la pobreza: La familia Wayne versus los Fleck, respectivamente. Y eso es mucho peor que una cinta de fantasmas, posesiones demoníacas o asesinos seriales. Lo alarmante de esta película es que nos sacude del asiento, a nosotros, los menos privilegiados, a las clases más furiosas; nos llama a la acción, nos invoca a dejar la risa desparpajada y a realmente reír.

En ese sentido es una película peligrosa. Aunque su guion todavía es muy comercial, tiene un tono y un ritmo que estimulan y seduce, por lo que es fácil comprender que el gobierno de un país como Estados Unidos la considere una película que se debe vigilar. 

Este Guasón, creado a semejanza de aquel al que la mano de Alan Moore diera vida, recuerda que “solo hace falta un mal día para sumir al hombre más cuerdo del mundo en la locura”, y que, nuestra sociedad es ese perpetuo mal día.

De alguna manera, aunque para muchos resulte molesto que todos quieran hacer su aportación respecto de la obra de Phillips, y de la bellísima y polimorfa actuación de Phoenix, lo cierto es que pocas películas nos ebullen tanto en la sangre como para querer seguir disfrutándolas, analizándolas y compartiéndolas con los demás, y en un mundo donde el egoísmo rige, hacer esto es anarquismo; es peligroso.