Feminismo y desarrollo ¿polos opuestos?

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Citlaly Aguilar Sánchez

El papel de la mujer en la vida pública y privada se ha transformado con el pasar de los años, aunque su rol reconocido por la sumisión, como la encargada del hogar y de la crianza de los hijos no es un papel extinto, pervive en todas las sociedades; arriesguémonos a decir que particularmente en las sociedades denominadas como subdesarrolladas, pues por falta de oportunidades educativas y laborales, las mujeres son quienes suelen parecer dispensables dentro de los sectores mencionados principalmente; pareciera que se trata de humanos sin elección propia, sobre las que decide el sistema al que pertenece, entiéndase sistema no solo a nivel político sino también cultural, pues los valores y costumbres se inclinan a proponer a la mujer como la que puede prescindir del campo laboral, aun cuando las actividades realizadas en el hogar también entrarían en el concepto de “trabajo”; además, se cree que por sus cualidades físicas y fisiológicas (como los ciclos menstruales y el embarazo) son quienes “deberían” mantenerse en el hogar, realizando las tareas “menos pesadas”.
No obstante, en los países que se dicen desarrollados, la mujer tampoco es una pieza indispensable, pero sí pareciera tener mayores espacios al menos en lo educativo y laboral, pues en la academia y en el área profesional podemos comprobar que destacan. 
Betty Friedan dice que el modelo de mujer supeditada a los designios del esposo y a las labores hogareñas se ha ido fracturando ante la pregunta “¿es esto todo?”, cuestionamiento que siempre existió en silencio y que poco a poco ha ido tomando volumen. La literatura nos ha mostrado dicha interrogante, lo podemos encontrar ya en el siglo XIX con la Madame Bovary de Gustav Flaubert, personaje que, dicho sea de paso, estaba influenciado por las novelas caballerescas, es decir, la literatura. Emma Bovary vive en un ambiente en el que la mujer solo puede aspirar a casarse y tener hijos, por lo que entre los suspiros de este personaje encontramos la pregunta “¿por qué no nací hombre?”.
En otras palabras, al menos desde el siglo XIX, las mujeres siempre han tenido la necesidad de emanciparse del patriarcado, de buscar condiciones de igualdad y de ejercer sus derechos humanos.
     Virginia Woolf, en Una habitación propia, indica que hacia finales del siglo XIX y todavía en su época (primeras décadas del siglo XX) los poetas consagrados, aparte de ser todos hombres, compartían otra característica específica: un alto estatus económico. Con esta premisa,  vale enfatizar que la mujer no solamente requería y aún requiere de mejores condiciones sociales, sino que el dinero ha sido un factor necesario para su desarrollo en diversos ámbitos socioculturales. En este tenor, se comprende la lucha imperiosa por oportunidades laborales y por participar de la vida política.
Ante este panorama, pareciera que el desarrollo fuese el ideal al que se debe aspirar, y principalmente las mujeres, pues aparentemente en países desarrollados es donde las mujeres tienen acceso a la educación, trabajo y mejores condiciones de vida, no obstante, autores como Walter Mignolo, y Alba Carosio y Marcela Lagarde para el caso de Latinoamérica, apuntan que es precisamente la concepción que se tiene de desarrollo en países colonizados lo que permite que prevalezcan las condiciones que segregan a las mujeres como individuos dispensables. 
En este sentido, la emancipación no solo tiene que ver con el patriarcado, sino que también se trata de que la mujer se plantee emanciparse de las ideas de desarrollo y modernización que ha implantado en las culturas el capitalismo, sobre todo en su fase neoliberal, en este sentido, la emancipación es de naturaleza filosófica y cultural, por lo que requiere de movimientos políticos.