¿Felicitar a las niñas y los niños o pedirles perdón?

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Norma Galarza

 

Quisiera decir que ser niño en México no es habitar ese infierno de mierda al que hace referencia Benedetti.  Desearía que nuestro país no ocupara el primer lugar en abuso sexual infantil con alrededor de 5.4 millones de niñas y niños violentados y que ese dato que comparte la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) fuera una estadística ficticia de alguna serie de horror de Netflix.

 Sería fantástico que nuestro país fuera capaz de brindar a sus infantes un nivel de vida como Dinamarca, país con una alta evaluación en bienestar infantil, pero no, el  Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (CONEVAL) me golpea en la cara cuando afirma que más de 20 millones de pequeños padecen pobreza en al menos una de sus acepciones (alimentaria, de acceso a una vivienda digna, de acceso a la salud, a la educación y a los servicios básicos).

Peores cifras reporta el Instituto Nacional de Geografía, Estadística e Informática (INEGI) cuando señala que al menos 19 millones de niñas y niños viven en pobreza alimentaria.

 ¿Cómo ser positiva cuando leo que durante los días que niñas y niños permanecen enclaustrados por la pandemia de Covid-19, son vulnerables a sufrir violaciones y que incluso, corren el riesgo de morir por esa lastimosa realidad como le sucedió a 3 niñas, niños y adolescentes por día durante el 2019, como señala la Red por los Derechos de la Infancia en México (Redim)? La misma institución señala que en los últimos 10 años han desaparecido más de 11 mil menores en este país cuyo destino en muchos casos es la trata o la venta de órganos, una estadística horrible.

Podría simular que en nuestra tierra las niñas y los niños son amados y respetados pero omitiría visibilizar que alrededor del 11 por ciento de los embarazos en México son en niñas entre 10 y 17 años y que solo el 8.5 por ciento de ellas tuvo acceso a métodos de anticoncepción de emergencia.

Mentiría si dijera que aquí las niñas de entre 12 y 17 años no son obligadas a casarse o vivir en concubinato con hombres de mayor edad que ellas para cubrir deudas familiares o a cambio de vacas u otros animales en estados como Guerrero, Hidalgo, Chiapas y Oaxaca.

 ¿Cómo ponerle un negro velo a la realidad de abuso sexual que viven miles de niñas y niños  en sus hogares, lugar que debía ser su refugio y lugar donde se dan entre el 60 y el 85 por ciento de los casos de violaciones y son perpetrados por familiares cercanos?

¿No es negro su panorama cuando se sabe que si quienes sufrieron el abuso son mujeres menores serán obligadas a ser madres? En ese mismo sentido resulta doloroso pensar que  de acuerdo al Instituto Nacional de las Mujeres cada día 34 niñas en este país resultan embarazadas como resultado de la violencia sexual que sufren en el seno familiar.

¿Cómo podría formular un ¡Feliz 30 de abril! para ellas y ellos sin que suene hueco?  ¿Cómo me pongo una venda en los ojos para no notar que la pobreza parió hijos bastardos que son obligados a engrosar los ejércitos del crimen organizado en el México contemporáneo?

¿Desmiento a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), que señala que en 2018 alrededor de 460 mil menores fueron reclutados por el narcotráfico en nuestro país? No puedo.

 Podría fingir que no pasa nada pero en ese mismo tenor, de acuerdo al Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia  (UNICEF), hasta 2018 murieron 10 mil 547 niños, niñas y adolescentes, por asuntos relacionados al narco.

No, lectora, lector, nuestros pequeños no añorarán el paraíso perdido al que alude Benedetti en su frase como el mejor recuerdo de sus años de niñez.

No, los infantes a quienes los adultos hemos sido incapaces de proteger y cuidar, que cada día viven el peligro, el miedo y múltiples carencias, no necesitan que los felicitemos ¿con qué cara? lo único que podemos hacer es pedirles perdón.