El narcisismo de los esclavos

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Placer intenso que te de un like

Activa el cerebro cuando tienes placer.

Adicciones y recompensas.

Por Flavio Vidales

Desde el perro de Pablov que con la sonora campana le hacía segregar por que seguía el alimento; hasta el like y los seguidores que te activan el cerebro y te generan la adicción en espera de la recompensa. El perro encerrado y con gusto te encierras en la red.

En la época de la autoficción las redes sociales permiten que la intimidad se vuelva pública, escribe Juan Villoro.

Somos los primitivos de una nueva era, dominada por la realidad virtual. Nuestra situación es similar a la de los seres rupestres que inventaron el cuchillo y no le encontraron mejor uso que encajarlo en la barriga de un prójimo. Tuvieron que pasar siglos para entender que ese instrumento también servía para preparar sashimi corte fino.

La comunicación en red ha permitido acceder en forma instantánea a numerosas fuentes informativas, beneficio de decisivo para sociedades autoritarias o periféricas. Sin embargo, también ha traído conducta que rompen el trato cívico. Paul Virilio señala que cada tecnología produce su accidente (la electricidad “inventa” el apagón). También produce un nuevo salvajismo. Cuesta trabajo entender las responsabilidades que comporta un sistema operativo novedoso.

El asunto se vuelve más peliagudo cuando dicho sistema sirve para comunicar antes de que el usuario pueda recapacitar. Millones de personas se integran al torrente de las redes sociales, confirmando que en la sociedad del espectáculo nada importa tanto como ser visible. En la época de los reality shows y la autoficción consagra a la minuciosa tarea de lavar la ropa interior, las redes permiten que la intimidad se vuelva pública. Subimos fotos a Instagram y Facebook para dar testimonio de la vida privada. El secreto, la ambigüedad, la discreción y las veladuras, formas esenciales de la comunicación, son sustituidas por la franqueza sin trabas de la transparencia. La paradoja es que, en aras de expresar un recóndito arrebato, los usuarios se integran a una tendencia colectiva que pulsa like en Facebook. Estamos ante lo que Richard Sennett llama “una igualdad opaca”.

La palabra más engañosamente eficaz de Twitter es “seguidores”. A medida que aumenta esa cauda de curiosos, quien escribe siente que ejercer un liderazgo. Sin embargo, las razones para “seguir” a alguien son misteriosas. Hace unos años, un político que poco después presidiría un partido me dijo: “Cada vez tengo más seguidores en Twitter, pero también recibo más mensajes negativos”. De modo más apropiado, quienes están pendientes de una persona deberían ser llamados “vigilantes”.

Pero el éxito de la plataforma depende de suge4rir que las palabras producen seguidores.

Aunque Twitter ofrece aforismos y epigramas que algún día serán clásicos, su aspecto dominante es otro. Los trolls, los robots y la simple estupidez humana crean un torrente que hierve sin objeto aparente. El capitalismo digital ha encontrado el modo de desahogar el descontento sin efectos reales. Aunque de vez en cuando la animosidad produce un cambio en la arena pública, en la mayoría de los casos somos testigos de un repudio mimético, provocado por el deseo de sumarse a una corriente de fastidio.

En ocasiones, un linchamiento parte de una información errónea. Se acusa a alguien de un acto agraviante. Pero verificar eso llevaría dos minutos de búsqueda, lapso que equivale a una eternidad en la era de la precipitación digital. Resulta preferible dar por bueno el pretexto que permite desahogarse.

El filósofo de la comunicación Franco BifoBerardi, fundador de Radio Alicia, señala que la principal limitación del activismo en red es permanecer dentro del orden digital. No hay una aplicación que permita, al modo de PokémonGo, pasar de pantalla a la plaza.

Creyendo realizar un acto de liberación individual, el tuitero se integra a una conducta generalizada, a fin de cuentas inocua. De acuerdo con el filósofo coreano Byung-Chul Han, las redes son un presidio donde los reclusos construyen su propio encierro y se exponen en un “mercado panóptico”: “La exhibición pornográfica y el control panóptico se compenetra.El exhibicionismo y el voyeurismo alimentan las redes como panóptico digital. La sociedad del control se consuma allí donde su sujeto se desnuda no por coacción externa, sino por una necesidad engendrada en sí mismo”.

Cada escándalo es relevado en la red por el escándalo del siguiente minuto. “La vida es lo que sucede mientras hacemos otras cosas”, dijo John Lennon.En la era virtual, la vida ha quedado aún más lejos. Abismados en las pantallas, los esclavos despotrican para sentir que existen. Fascinados ante el espejo digital, se integran a la red donde todos se miran a sí mismos, reforzando sus cadenas.

 

Investigación en California

 

Gaby Vargas recoge el resultado de la investigación realizada en la Universidad de California, la que destaca que el uso de la red activa zonas del cerebro, de esa parte en la que sientes placer.

Promueve el narcisismo en toda su expresión, aunque los likes no son ciertos, pero producen placer intenso. Te genera las adicciones y esperas las recompensas.Situaciones ideales para que se repitan de forma constante.

Todo exceso es malo.

Esa adicción nos puede llevar a consecuencias negativas; perdemos concentración y produce el efecto nocivo pierde tus relaciones interpersonales por estar conectado permanentemente.

Los jóvenes que pasan demasiado tiempo conectados al Internet son más propensos a padecer males como ansiedad, depresión, deficit de atención entre otros.

Investigadores de la Universidad de McMaster realizaron un estudio entre 254 estudiantes de recién ingreso, a quienes aplicaron una prueba de adicción a Internet, informó Tech Times.

“El uso de Internet ha cambiado radicalmente en los últimos 18 años, ya que cada vez más personas trabajan o pasan tiempo en línea y redes sociales. Durante el desarrollo de la investigación 33 estudiantes cumplieron los criterios para la adicción, y 107 para el uso problemático de la red”, afirmó Michael Van Ameringen, investigador de la institución.

Además mediante el proyectó se logró identificar a las personas que usan constantemente la red pero sólo como herramienta de trabajo, sin ser excesivamente dependientes de ella o darle un uso problemático.

Los científicos evaluaron la salud mental de los estudiantes, incluyendo signos de impulsividad, depresión, ansiedad y estrés. La mayoría de los adictos a Internet tenían problemas para controlar su uso de streaming de video y sitios de redes sociales, así como herramientas de mensajería instantánea, como Whatsapp y Messenger.

Los resultados indicaron que quienes no lograban controlar el tiempo que pasaban conectados “presentaban problemas para manejar sus rutinas diarias y tenían las tasas más altas de depresión, ansiedad, impulsividad y falta de atención, también enfrentaban dificultades con la planificación y la gestión del tiempo”, detalló Van Ameringen.

El científico agregó que se necesita un estudio más grande para saber si esos problemas de salud mental son una causa o un resultado del uso excesivo de Internet.

“Esto podría tener implicaciones médicas prácticas. Si se intenta tratar a alguien por una adicción cuando en realidad está ansioso o deprimido, se podría elegir el camino equivocado. Debemos comprender esto mejor, así que necesitamos una muestra más grande de una población más amplia y variada”, finalizó Ameringen.