El canto

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Por Daniel Medina Flores

La noche retrocedió ante los rayos del sol que surgieron del este. La brisa matutina bañó el pasto de la zona militar. El soldado raso se mantuvo en su posición, sostenía su fusil R-15, sus dedos cerca del gatillo.

Un comando de fuerzas especiales salió en la madrugada con una misión cuyos objetivos eran desconocidos para los demás. El viento sopló de forma ligera sin provocar el menor sacudimiento en su gorra o la ropa.

El sol comenzaba a calentar su cuerpo, después de una noche helada el calor era perfecto. En la calle aledaña todo transcurría con normalidad, los autos circulaban y en su interior las familias rumbo al trabajo o la escuela.

<<Ya vienen, hay que abrir la puerta>>, la voz de su compañero lo sacó de sus pensamientos. De inmediato la puerta se corrió y el pequeño transporte con los soldados de las fuerzas especiales entró. <<Hasta a mí me dan miedo>>, recordó lo que había dicho el coronel Montoya un día antes.

Los vio entonces con sus camuflajes en el rostro, el uniforme oscuro y las armas más potentes que la suya. Las pocas palabras que intercambiaron eran con comentarios tan específicos que no había necesidad de forzar la boca. Hablaban cuando se les pedía, de lo contrario no hablaban.

Pasaron cerca de la guardia para ir a sus barracas. El soldado hizo el saludo obligatorio a sus superiores. <<Calle a ese pinche pájaro>> dijo un teniente que se detuvo a lustrar sus botas. Hasta ese momento el hombre no había notado nada respecto aquel sonido; ocupado en sus pensamientos, el simple canto le pasó inadvertido.

El sol se siguió elevando, calentando más el espacio, ya ni siquiera el vaho de la boca era notorio; << ¡Soldado! Ya le dije que calle a ese pájaro. Nada más está molestando>>.

Creyó que no le hablaba a él, pudo ser a su compañero., pero el otro guardia ya no estaba ahí. No tardó en darse cuenta que, efectivamente, las palabras estaban dirigidas a él. << ¿Cómo dijo mi teniente?>> Le preguntó en un intento de disfrazar su tardía reacción. <<Que lo calle.

Con ésta ya son tres veces que le digo>>, habló el teniente con una clara molestia. <<pero nada más está cantando, mi teniente>>, le respondió.

Escuchó el bufido del oficial pero se perdió observando como pasaban los autos. Fue entonces que se oyó la explosión que sacudió sus oídos, la sorpresa lo cimbró por completo y, casi como un reflejo involuntario, se había echado al suelo apuntando con su arma.

Por Daniel Medina Flores

El teniente de pie, su pistola en la mano dejó escapar una tenue columna de humo; <<Ya me estaba volviendo loco>>, dijo y levantó su bota para dejarla caer con todas sus fuerzas sobre el suelo. Enfundó la escuadra y después caminó lejos de ese lugar.

El soldado se acercó y vio en el suelo al ave, una herida de bala en el cuerpo y la cabeza aplastada, completamente triturada por la bota del militar. <<Hasta a mí me dan miedo>>, recordó las palabras del coronel Montoya mientras regresaba a proseguir su guardia.