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Por Norma Galarza

¿Qué queremos? y ¿Para cuándo lo queremos? ¿Por qué no nos lo preguntamos más a menudo? Más allá de una fecha especial, el 8 de marzo no es una celebración, es un recordatorio de que la lucha sigue y que nosotras tenemos mucho por hacer.

Que esta fecha sirva para recordarnos a todos que el afán de etiquetarnos en géneros solo nos divide. No soy partidaria de las divisiones ni defiendo la lucha encarnizada de ponernos a las mujeres en un matriarcado irracional como el patriarcado, no, pienso que tanto hombres y mujeres merecemos ser tratados con el mismo respeto por un hecho simple; somos humanos.

Estoy conciente de que actualmente las mujeres y las niñas seguimos inmersas en la injusticia, pero lo aberrante es, que muchas veces esa injusticia es consentida y efectuada por las de nuestro mismo género o peor aún, por nosotras mismas. Hoy no vamos a entrar en debates desgastantes en los que nunca hay triunfadores.

Hoy vamos analizarnos íntimamente sobre ¿qué estamos haciendo? para que la sangre derramada por aquellas mujeres que defendieron sus derechos y nos heredaron el compromiso de seguir en la lucha, no sea vana. La realidad de injusticia, violencia y  pobreza que vivimos, una parte muy importante de los humanos, deben servirnos de motor para no quedarnos quietas.

¿Cómo estamos reaccionando ante la realidad de violencia, acoso,  discriminación?  Vamos desnudando nuestro papel en estas taras ¿Qué tanto nos permitimos ser víctimas y qué tanto no somos capaces de defender a las demás?

La culpa suele ser un estado anímico circular y sin salida. Lo único que tenemos que hacer es optar por tomar responsabilidad de todo lo que ocurre en nuestro entorno. No somos víctimas, muchas elegimos vivir en la victimización que se convierte en una zona de confort que nos inmoviliza. No nos lo  permitamos. Hay situaciones de las que  nosotras somos las únicas capaces de salir.  No le deleguemos esa responsabilidad a nadie, no dejemos que nadie viva nuestra vida por nosotros.

Es cierto, la estructura social no es justa. Pero la sociedad no es un ente individual, somos todos. ¿Por qué no protestamos cuando en las oficinas nos tratan como floreros no pensantes? ¿O cuando somos testigos de discriminación o de acoso hacía alguna de nuestras compañeras? ¿No nos damos cuenta que eso permite que el mercado laboral sea injusto y nos coloque como país con los niveles más bajos de inclusión laboral? Protestemos por la injustica de que las mexicanas recibimos 16 por ciento menos de ingresos que los hombres, pero también empecemos a quejarnos de nuestras actitudes ante la injusticia, la omisión también nos hace cómplices. ¿Cuántas veces no has visto a una abnegada madre mexicana tratar de forma diferente a sus hijas y a sus hijos? ¿Por qué existe la cultura de que las suegras son enemigas de las nueras? Creo que debemos empezar por atacar lo que está mal y lo hemos normalizado.

Protestemos porque en México no importa si eres universitaria el mercado laboral te relega; para muestra las estadísticas. De acuerdo a la Organización Internacional del Trabajo, en nuestro país, las mujeres ocupan menos de un tercio de los puestos gerenciales y tienen una participación de 1 mujer por cada 10 hombres en los puestos directivos. Además de eso en los hogares aceptamos el rol que nos impusieron ¿es justo que la mayoría de las mujeres deba dedicar al menos 4 horas diarias más que los hombres, al trabajo no remunerado?¿Por qué seguimos llamando putas a otras mujeres?

¿Por consentimos el irrespeto a las madres solteras que tuvieron el valor de seguir adelante con el embarazo, llamándolas despectivamente “luchonas”? ¿Por qué consentimos ser las amantes de un hombre que tiene pareja?

Todas esas prácticas que consentimos como mujeres y que trasmitimos de generación en generación enseñando a nuestros hijos que es correcto es lo que nos tiene sumidas en este pantano. Ya es hora de que como madres, hijas, suegras, abuelas o esposas,  tomemos la responsabilidad que nos corresponde, entonces salgamos a luchar pero primero hagamos la tarea de ganar el terreno que hemos cedido en nuestros hogares. Feliz vida a todas.