Cuando te dan el avión…

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Citlaly Aguilar Sánchez

Te despiertas un día con la impresionante noticia de que un avión de magnitudes colosales y de lujosa ornamentación puede ser tuyo, que quizá solo tengas que comprar un cachito de lotería por algo así como quinientos pesos, te remueve el piso.

La gente empieza a soñar, todos lo ven ya en su cochera, lo ven en el bulevar o parado en el semáforo mientras un chico le limpia el parabrisas, lo ven en la casa del vecino, lo ven sobre la azotea o lo ven aterrizando sobre la oficina.

Vienen a tu mente tantas posibilidades: usarlo para ir al trabajo, vendérselo a Obama, donarlo a un hospital, rentarlo a algún inversionista suizo o usarlo como vivienda. No obstante, también la realidad golpetea… ¿si el gobierno no ha podido venderlo ni usarlo en algo apropiado, qué podría hacer un simple mortal como nosotros? No, definitivamente ganarse esa nave implica más problemas que beneficios.

¿Imaginas tenerlo en la calle de tu colonia, ahí contrastando con las casas de un metro por dos en obra negra? ¿Puedes visualizarlo junto a los coches de tus vecinos, esos transportes que aún no terminan de pagar y que los meten en dificultades financieras con cada afinación? ¿Lo dibujas en el retrato mental de tu municipio, en el que las calles difícilmente están pavimentadas, y donde la delincuencia y su magia harían desaparecer parte por parte de la aeronave?

Nadie se puede imaginar teniendo un avión de dichas proporciones y características puesto que nadie en este país puede ni tenerlo ni mantenerlo. Y así de surreal como resulta siquiera imaginarlo, así de surreal es que exista ese vehículo en nuestro país dadas las condiciones ya mencionadas.

Si no podemos dibujarlo mentalmente entre nuestros espacios cotidianos ¿cómo es posible que existiera? ¿Es que acaso hay dos méxicos en México y uno de ellos es de fantasía mientras que el otro de la más miserable realidad?

No es posible meter un medio de transporte como el presidencial de Enrique Peña Nieto tan fácilmente en nuestras fantasías sin que el resultado sea risible, porque el hecho de que este personaje lo tuviera también era una broma de mal gusto, de esas de las que uno se ríe por no mostrar hastío o dolor.

Ese avión es tan imposible de tener como es difícil escalar en ascenso en la movilidad social de la economía mexicana. Es un medio de transporte pero también es un símbolo inequívoco de que la repartición de riquezas en nuestro país es una burla para los menos favorecidos.

El problema ni siquiera es deshacerse de él, sino en primer lugar por qué se tiene, de dónde salió y para qué. No te has cuestionado demasiado su existencia hasta que ya no cupo en tus sueños.

Te despiertas en este país en el que difícilmente puedes tener un coche, un trabajo, una casa, una pensión. Ni en tus más lúcidas imaginerías puedes creer que exista entre tus conocidos alguien que pueda transportarse intercontinentalmente en un transporte tan sofisticado, que su sola presencia implique el gasto de varios miles de millones de pesos… Y sin embargo, cuando despiertas, el avión sigue ahí.