A propósito del Día Internacional para la Prevención del Abuso Infantil

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Norma Galarza

A pesar de que México, de acuerdo a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) ostenta el nada honroso primer lugar mundial en abuso sexual infantil, predomina en nuestro país, no sólo la incapacidad para proteger a los pequeños para que no sean víctimas, también la impunidad de los abusadores.

Cada año de acuerdo al Colectivo contra el Maltrato y abuso sexual Infantil, en nuestro país más de 4 millones de niños sufren una violación. Cifra poco realista, ya que como afirma el mismo colectivo la denuncia sigue quedándose en el pantanal de las omisiones.

 Lo más preocupante es que los enemigos de las y los niños están en casa ya que más del 80 por ciento de las agresiones sexuales en su contra, ocurren en el entorno familiar y vecinal.

 En ese tenor, cifras  de un estudio del Consejo Ciudadano de la Ciudad de México,  señala que 30 por ciento de los agresores, son los abuelos o padrastros; 13 por ciento, tíos; 11 por ciento, padres biológicos; 10, primos; 8, vecinos; 7, maestros, y 3 por ciento, hermanos”; eso provoca que las víctimas sufran en silencio un infierno que en ocasiones se prolonga durante años.

Según el Diagnóstico sobre la atención de la violencia sexual en México de la Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas (CEAV) de la Secretaría de Gobernación (Segob), el 94.1% de esos delitos no se denuncia.

Esto se debe en gran medida a que las instituciones no están preparadas para proveer de justicia a las víctimas. El reciente caso ocurrido en Zacatecas en la que una pequeña de la escuela primaria Benito Juárez fue agredida sexualmente obligó a sus padres a hacer público el caso debido a que los mismos maestros, parecían proteger al agresor al entorpecer las indagatorias y cambiar el nombre del sospechoso. Ese ejemplo da cuenta del arraigo y hasta la normalización que tiene ese problema.

 

 En ese sentido pese a que el profesor señalado, fue denunciado ante la Fiscalía General del Estado, sigue libre, ya que aunado a la vergonzante inoperancia en el sistema de justicia penal, persiste el temor de  la revictimización de los niños abusados.

 

Además, en los sistemas educativos no es nuevo que ante las conductas de ese tipo de personal docente, el mejor mecanismo para evitar el escarnio, es cambiar al agresor de adscripción en lugar de darlo de baja de la institución.

Es cierto que eso se debe a que los trabajadores tienen derechos laborales, pero actitudes que dañen a los infantes deberían ser motivo suficiente, no solo para prescindir de sus servicios, también para adjudicar a esa persona algún mecanismo que prevenga a la sociedad, al tratarse de un agresor sexual.

Otro factor que agrava el problema es que en nuestro país el abuso sexual infantil, no se toma en serio por el Estado. De ahí que se destinen los presupuestos más bajos a la prevención y protección  de los niños en ese rubro,  de acuerdo a datos del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF)

Ante el escenario poco alentador que presenta nuestro país, nos toca prevenir el problema en nuestros hogares. Un mecanismo es generar vínculos de comunicación y de confianza con los niños. También es importante evitar educarlos a partir de tabúes en lo que se refiere a sus órganos sexuales. Además, es vital alertarlos sobre conductas impropias sin importar de quien vengan, que sepan que pese a lo que los agresores puedan decirles, siempre contarán con una persona a quien podrán alertar en caso de tocamientos, o cualquier conducta de otra persona, sin importar la filiación parental que tenga, que pueda lastimarlos física o emocionalmente.