A Marco Casillas… 2 años…

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(Foto de Portada Antonio Ambriz-Avendaño)

Por Norma Galarza Flores

La memoria es traicionera, destiñe los recuerdos, los vuelve retazos emocionales, los desordena a tal grado, que por más que se esfuerce uno por eslabonarlos terminan sin pies ni cabeza.

Así lo recuerdo, inconcluso, quizá de tanto pensarlo, la mente ya no puede dibujar una imagen clara, un “mecanismo de defensa contra el dolor”, dicen los tanatólogos.

Así también desaparece su recuerdo en la memoria colectiva acostumbrada a olvidarlo todo, adiestrada a saturarse de los acontecimientos inmediatos que olvidará al día siguiente, es nuestra naturaleza.

Pero hoy 5 de septiembre, quiero que recordemos al ser humano solidario, al periodista ríspido, al hombre divertido, al personaje lleno de contrastes: Marco Casillas.

La memoria entierra todo, pero hay una cosa que nunca podrá llevarse, el legado de un hombre que vivió conforme al principio máximo de “hacer lo que a uno le dé su chingada gana”, y fiel a ese axioma, a pesar de haber estudiado Derecho, ejerció el periodismo con  la devoción y el amor, del que disfruta de ese oficio. Nunca me cupo duda de que  el periodismo era su vida, y pensó en él hasta en su último suspiro.

Hay una anécdota muy particular que quiero compartir contigo amigo lector, que ilustrará un poco lo que te escribo. Poco tiempo antes de irse, a pesar de que su mente ya divagaba, una de las pocas frases que dijo pese al coctel de sedantes bajo el que estaba, fue: “Pobre Fresnillo, cómo lo han dejado, culeros” Nunca supe a qué se refería, pero intuyo que hablaba de un tema político.

Por eso, lector, va este pequeño homenaje, a quien fue para mí más que mi maestro, al que considero, me dio una breve introducción porque le faltó muchísimo por enseñarme, en el oficio del periodismo.

Yo,  como tú sabes no soy periodista, ni tenía planeado serlo, pero una cosa sé de esta labor, la pasión es el ingrediente principal, y sí, él la tenía. A Marco le apasionaba su labor, cuando se sentaba frente a la computadora para redactar su columna, había una comunión casi espiritual entre él y el teclado, sonreía, era feliz ejerciendo el que según el escritor colombiano Gabriel García Márquez, es “el oficio más bello del mundo”.

No dudo que García Márquez tuviera razón, porque creo que para ser un buen periodista no es necesario memorizar al pie de la letra las enseñanzas de Vicente Leñero y Carlos Marín en su manual, al periodismo hay que amarlo, y no he conocido a nadie que le apasionara  tanto esa profesión como a Marco Casillas.

Para él, el periodismo lo era todo, fue su amante más fiel. Pensaba como periodista las 24 horas del día, pese a las amenazas que llegó a recibir (en 2011, cuando la situación de inseguridad en Zacatecas empeoró le llamaron anónimamente para decirle que “le bajara de huevos o se los colgarían de un poste de la luz”, él incluso hacía bromas sobre eso), nunca demostró miedo.

Marco era un periodista completo, lo mismo hacía noticieros en televisión, radio, que colaboraba en prensa escrita.  También era un apasionado del arte, amaba la música sin despreciar ningún género, ni nacionalidad, en su colección de discos (que conservo) hay una polifonía universal, ¿Quién le diría que elegiría para morir el día del cumpleaños de su ídolo Freddy Mercury?  Siempre fue cinéfilo, tenía una afición especial por los filmes de terror y suspenso, le gustaba la pintura, la lectura.

Nunca le pesaron sus 9 premios estatales, ni lo despegaron del piso. Solía decir que prefería una charla con el vendedor de nopales que con un político, personajes acostumbrados a la lisonja,  “porque aportaría más”, a los políticos siempre les resultó un ser incómodo.

Siempre fue un ser humano solidario y generoso. Si los humanos tuviéramos un sound track de nuestra vida, el de Marco Casillas hubiese sido, Bohemio de Afición del compositor michoacano Martín Urieta, así vivía, “se quitaba la camisa por un buen amigo”.

Hoy se cumplen 2 años de una madrugada triste. Pero a veces es mejor tener una experiencia fuerte, a no coincidir en el tren de la vida con personas con las que vale la pena viajar…