A ciento once años de la Revolución Mexicana

Infiernitos aquí y allá
24/11/2021
Anuncian secretarios federales apoyo a Zacatecas en todos los rubros
25/11/2021

Pilar Pino Acevedo

(En la foto: las clases sociales durante el porfiriato)

 

“Quien no conoce su historia está condenado a repetirla”, Jorge Agustín Nicolás Ruiz de Santayana y Borrás, poeta y filósofo estadounidense de origen español

Este sábado fue el aniversario CXI de la Revolución Mexicana, sin duda, el movimiento social más importante del siglo XX y el que dio forma al Estado-Nación que hoy conocemos. Fue una lucha armada de intelectuales, de las masas, de oprimidos que buscaban democracia y justicia social, nadie puede negar que existe un México distinto antes y después de ésta guerra civil.

Durante los 35 años del porfiriato (1876-1911) el país experimentó crecimiento económico y estabilidad política, pero esos logros se realizaron a altos costos sociales que pagaron los estratos más bajos y los opositores políticos de Porfirio Díaz. En la primera década del siglo XX estallaron diversas crisis en distintas esferas nacionales evidenciando el descontento social.

La economía durante 1910-1920 era predominantemente capitalista, desigualmente desarrollada por regiones: noreste, golfo, Ciudad de México y Sur. La producción de henequén y petróleo estuvieron en auge durante este período. Las condiciones variaban de región a región, y de año a año.

La violencia golpeo más fuerte a los distritos del norte y el sur centrales (vías férreas; zonas mineras, ganaderas, algodoneras y azucareras). La costa occidental y sur, así como la península de Yucatán y la Ciudad de México, fueron las menos afectadas.

Las pequeñas minas se vieron forzadas a cerrar, mientras que la gran minería prospero pese al alza de sus costos de producción. Lo anterior, por la demanda de materiales que supuso la entrada de Estados Unidos a la Primera Guerra Mundial. Además las tasas de crecimiento poblacional se mantuvieron cercanas a cero, por la violencia y migraciones internas hacia las grandes ciudades.

Con el reparto agrario apenas cambiaron los patrones de concentración. En Morelos y en algunos distritos del sur el patrón de propiedad se amplió. En 1917 la propiedad original  de los recursos naturales se nacionalizo; sin embargo, las concesiones se conservaron intactas. Las relaciones productivas cambiaron en el norte central y Yucatán, se debilitó el peonaje y se expandieron los mercados libres de trabajo.

Se formaron sindicatos en la industria minera, trasportes, artes gráficas, textiles y hubo intentos por conformar confederaciones nacionales. El sindicalismo fue más fuerte en la Ciudad de México, Hidalgo, Puebla y Veracruz.

Todos los sectores tanto capitalistas como de trabajadores se vieron sujetos a fuertes aunque desarticuladas presiones políticas, que adquirieron rango constitucional después de 1917. El mismo gobierno administró las haciendas expropiadas en el norte y en el sur, los principales ferrocarriles y la venta de henequén en Yucatán.

La revolución mexicana fue económicamente decisiva porque subvirtió la dependencia con el exterior, destruyó un sistema congestionando en lo interno e hizo posible la reorganización de la tierra, el capital y la mano de obra.

Fue el reemplazo de una oligarquía que dependía de mercados extranjeros por una burguesía nacional, el viraje de una dictadura neocolonial a un partido que se mantuvo en el poder solo por la dominación primaria sino también por la cultura popular.

Durante la guerra civil mexicana murieron más de un millón de personas, se destruyeron patrimonios; pero se rompió con la dependencia internacional, se demolió la figura de la hacienda, se liberaron capitales y la mano de obra para una actividad económica con mayor eficiencia.

Algunos historiadores económicos consideran que este conflicto armado fue una inversión social. Al liberarse la producción la actividad empresarial y el ánimo cooperativo florecieron. En este punto resalta la importancia de la constitución de 1917, para reformular los términos de la actividad económica, limitar extranjeros, prohibir monopolios y castigar a propietarios o usufructuarios que no produjeran.

Después del conflicto armado, el país gozo de mayor y fácil independencia; los cambios en sus fuerzas productivas, tuvieron un carácter más deliberado y se introdujeron nuevos medios, relaciones y estructuras de producción, lo que llevo a incrementar notoriamente el PIB nacional, particularmente en la rama industrial, y sentar las bases para el mercado interno.

La revolución implico un cambio institucional, un rompimiento del sistema de hábitos, leyes y tradiciones que por mucho tiempo definieron la estructura social del país. El sector público abandonó gradualmente el papel pasivo que había ejercido hasta antes de 1920, para participar agresivamente en el proceso de crecimiento.