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Pilar Pino Acevedo

El pasado lunes 10 de mayo, las calles del centro histórico cambiaron de nombre por el de las personas desaparecidas. Sus madres decidieron que este año así se manifestarían, porque para ellas el Día de las Madres no hay nada que celebrar, NO sin conocer el paradero de sus hijos e hijas.

Son ellas, las mujeres, las madres, quienes han encabezado la lucha por las y los desaparecidos, y quienes recuerdan que la desaparición en nuestro país no es un fenómeno nuevo ni aislado.

Exigir justicia en México, un país donde 98% de los delitos queda impune, no es tarea fácil. Pero las madres son fuertes: reclaman al Estado la aparición con vida de sus hijas e hijos. Quieren saber dónde están, quieren tener  sus restos para enterrarlos y despedirse como se debe.

Las mujeres, las madres de víctimas de violencia, forman parte de la primera línea del activismo de los derechos humanos contra la desaparición forzada, el feminicidio y homicidios dolosos. Porque las instituciones del estado y el funcionariado público no actúan contra esas formas de violencia y estas mujeres llenan ese vacío.

Además, cambian el rol tradicional de la mujer, se convierten en detectives, policías, rastreadoras, y demás, para poder localizar con vida o sin ella a sus hijxs y obtener un poco de justicia en un país donde reina la impunidad.

En enero de 2020 el gobierno de México dio a conocer que desde la década de los sesenta y hasta el 31 de diciembre de 2019, en el país se tenía registro oficial de la desaparición de 61 mil 637 personas, muchas de las cuales podrían calificarse como desapariciones forzadas, de acuerdo con el Comité contra las Desapariciones Forzadas de las Naciones Unidas (CED); 18% (1,072) del total de personas registradas como desaparecidas son niños, niñas o adolescentes. A esta cifra habría que sumar todos aquellos casos que no son denunciados oficialmente.

Quienes no denuncian la desaparición, en general, es porque saben quién les privó de su libertad y también que era para no regresar nunca, ni siquiera con los pies por delante. Así le pasó a una hermana de mi abuela, vivió 8 años con el dolor de saber que a su hijo “lo levantaron” y que solo podría verlo de nuevo en la otra vida. Decía que poner una denuncia era engorroso, que era algo que la lastimaba y sobre todo que con denunciar no se lo iban a regresar.

Para las madres de las víctimas que denuncian, que no se conforman, que protestan y alzan la voz para que se respeten las garantías fundamentales de todas y todos, el mayor de los respetos por esa valentía que pese al dolor y a la rabia, luchan cada día por encontrar a quienes les fueron arrebatados.

Sin duda, para abonar a la lucha de estas madres el Estado debe crear un censo de desaparecidos en México, así como establecer un protocolo legal destinado a las investigaciones de éstos crímenes e impulsar un programa integral para atender a familiares de las víctimas. Porque como madre no alcanzo a dimensionar el dolor que sufren, verlas es ver mujeres muertas en vida que no van a descansar hasta encontrar lo que se les ha arrebatado.